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sábado, 12 de octubre de 2024

Un olivo en la Argentina (o la jungla de olivar II)

 Antes de leer este relato, lee este (si no, te perderás cosas):

El camino recto: La jungla de olivar (elblogdecharlieasecas.blogspot.com)


Decime ¿Cómo vos amás a una plantita más que a la tullida de mi hermana con la que te casaste?

La pregunta se hizo en ese tono que usan de manera exclusiva los argentinos y cuya musicalidad seguro que está justificada en algún par de nucleótidos de la cadena de ADN, circunstancia esta que, estoy convencido, convierte a nuestros hermanos sudamericanos en una subespecie del género humano.

Roberto era mi cuñado. Es mi cuñado. Y la tullida es mi esposa. El cabrón de Roberto insiste en denominarla tal cosa porque ella tiene cada ojo de un distinto color. Uno es azul y el otro marrón. Pero la llama tullida delante de todos y detrás de todos también. Carmen, mi esposa, odia a su hermano por ello. Ya desde el colegio, Roberto insistía en lo que, según él, era una clara minusvalía indicativa de que una parte de la familia se manifestaba claramente incestuosa, cosa por la que su madre también lo odia. Su padre lo ignora. Pero a mí siempre me hizo gracia aquello, por lo que Roberto y yo hicimos migas desde el principio.

—No entiendo por qué dices que quiero más a mi oliva que a tu hermana. Mi plantita es un recuerdo de mi tierra a la que añoro como es normal. Y a las plantas hay que regarlas. Y eso hago.

—Es sencillo eso, boludo. Tú riegas dos veces a la semana la plantita ¿No es eso?

—Correcto.

—Pues estoy seguro que a la tullida no la riegas tanto.

Así es Roberto.

La crisis de 2007 me había llevado a la Argentina con la promesa de un empleo y sueldo. Lo que iba a ser un paréntesis en mi vida se convirtió en un punto y seguido cuando conocí a la tull…, Carmen. Cuando conocí a Carmen. Me enamoré y de pronto habían pasado quince años.  Buenos Aires fue acogiéndome entre sus brazos poco a poco para no dejarme ya escapar. Solía regresar a Andalucía por Navidad, y de la última me traje un esqueje de olivo que era el que traía entre manos cuando mi cuñado decidió dejarse caer por casa.

—Y dime, pibe. Vos sos un capo en esto de las olivas, ¿no?

—Bueno, a ver. Esto es como lo de los toreros. En España no somos todos toreros. Yo sé cosas de los olivares. Mi tierra está rodeada de ellos, quieras que no algo se pega. ¿Qué quieres saber? ¿Algo concreto, o así en general?

—¿Cuántas olivas hay que tener para ser rico en España?

Roberto siempre es original en sus cuestiones.

—¡Buf! Eso es difícil. Déjame pensar. ¿Cuánto, según tú, es ser rico?

Me gustó mi maniobra dialéctica. Con Roberto siempre es un recibir continuo cuando se conversa con él. Hay que meterlo en aprietos para ir poniendo límites a su ingenio.

—Digamos que cuando tenés plata suficiente para no poder gastarla en tres vidas.

—¿Tres vidas, por qué tres vidas?

—Para que sobre, boludo.

—Pues entonces un millón de olivas.

—¡Un millón!

Pa que sobre, gilipollas.

—Venga va, che. Dejate de quilombos. Si preguntaba es para interesarme por vos y lo que has mamado allá, que a los gallegos hay que sacaros lo vuestro palabra por palabra.

Tenía razón Roberto. No era fácil para mi hablar donde la añoranza rasgaba gargantas y traía recuerdos mezclados con suspiros. Si podía lo evitaba y ello me hacía diferente a estas gentes que sembraban palabras como nosotros olivos. Lo que dejé atrás en el tiempo no fue solamente ruina y miseria, y ahora que lo pensaba, nunca lo dejé atrás pues se vino conmigo.

—Bueno, mira. Te diré que en mi tierra las gentes son un poco como los olivos. Secos, duros y con fruto. No son desde luego como los argentinos que tenéis más encanto que vergüenza.

—¡Oye, pibe! —protestó Roberto.

—Pero si es un cumplido —atajé yo—, ya quisiéramos la mitad del talento que hay en esta tierra, pero allí se trabaja, aquí vivís de la poesía y la conversación.

—Bueno, che. También tenemos estrategia. Casamos a las tullidas con terratenientes.

—Yo no soy terrateniente. Pero una vez lo fui.

—¿Fuiste rico?

—Bueno, no llegué a saberlo nunca. Un incendio se llevó por delante una herencia que mi abuelo me legó en forma de olivar.

—¿Qué pasó, pibe?

—Bueno, es una larga historia que ahora no viene al caso. Te diré que fui yo el que le pegó fuego a aquello, pero fue sin intención. No vayas a pensar que quería cobrar el seguro o algo así. Digamos que no siempre tenemos las mejores ideas.

—¿Y el incendio aquel es el motivo de tu tristeza?

—¿Cuál tristeza?

—Pues esa que arrastras, che. O vos te figurás que aquí somos todos boludos. Vas torcido por la vida y eso es que algo te pesa.

Los argentinos. Bendito pueblo. Estoy seguro que si eligieran mejor a sus gobernantes serían amos del mundo. Roberto, como casi siempre, tenía razón. Creo que me sentí acorralado y di las gracias por ello. Quizá contarlo no lo sacara de dentro, de allí donde escondemos las cosas, pero compartirlo quizás hiciera que se convirtiera en algo más liviano de sobrellevar.

—Siempre hay una mujer, Roberto.

—Esto promete —contestó él. Y sentándose a mi lado empezó a calentar agua encendiendo el termo eléctrico para servirse el mate que es para ellos todo el año lo que la cerveza en verano para nosotros.

—Ella, era sobrina del guardés que llevaba la finca que se quemó. Por una cuestión de cuentas, la sobrina, el guardés y yo mismo habíamos quedado para reunirnos y hablar de dineros. Pero como el incendio se sobrevino y yo acabé medio asfixiado en el hospital, pues la reunión no tuvo lugar. Pero se pasaron por cortesía a visitarme.

Cuando la vi, el mundo se paró.

—Este cuento le encantaría a la tullida. Deberíamos llamarla —me interrumpió mi cuñado.

—Todos tenemos pasado, Roberto.

—Perdona, che. Era una sugerencia no más. Sigue, pibe.

—Pues qué te cuento. Me enamoré perdidamente de ella. Pero…, no pudo ser. —Mi silencio se eternizó. De pronto todo empezó a doler de nuevo. Allí estaba la razón de mi huida, el dolor. Y este que sentía lo hacía como estrenándolo igual que un traje en una boda. Escondemos las cosas que nos dañan con la esperanza que desaparezcan, pero no lo hacen. Están ahí, esperando. Las palabras huyeron de mí. De pronto ya no me apetecía contar aquella historia.

Sos único contando historias, pibe. Esto da para una serie. Una no muy larga, es cierto, digamos…, una de minuto y medio…Ya me la estoy imaginando: Llegué, quemé, me enamoré y me fui a la Argentina. Un Oscar no sé si nos darán. Lo mismo una uñita de Oscar…

—Vale, vale. Ya está bien. —Interrumpí yo— Es que duele, carajo.

—¡Pero contáme, viejo! Eso que vos hacés, no es contá. Contá es dar detalles, hablar de la primera cita, el primer beso, el primer arreón…; contá es hablar de su sonrisa, de las babas que te chorreaban cuando la cogías de la mano…; contá, viejo, es hacé la película para que yo la vea y llore contigo…

—No pudo ser porque ella se metió en un convento.

—¡La concha de tu madre!

—No mentes a mi madre que está tranquila allá en Fuengirola.

—¡Pero, pibe…! ¿Qué le hiciste?

—¡Cómo que qué le hice! Yo la amaba, pero ella era budista. Y de las convencidas. Intenté…, bueno…, salimos un par de veces, ella me contó y yo no pude, o no supe, ¡o era el destino o…joder! ¿¡Qué quieres, que la raptara!? Se fue al Tibet. Como mi abuelo.

—¿Tu abuelo también se hizo monja?

—No. A él se lo comieron los buitres.

—¡Ah! Me habías preocupado.

—Es una larga historia.

—O sea, de tres minutos lo menos.

—Vete a la mierda.

Me levanté y seguí podando el esqueje. Quería quitarme esa conversación de la cabeza y me concentré en las clases on line sobre bonsáis que había tomado para convertir ese olivo en una obra digna de mi recuerdo por mi tierra. Cogí una guita que até entre dos ramitas de manera que cuando crecieran lo hicieran en un determinado sentido.

—¿Te ayudo? —dijo en tono conciliador Roberto.

—Agarra aquí —propuse indicándole una de las ramitas. Él lo hizo y anudé el hilo tensándolo.

—¿Cuántas aceitunas da un olivo?

—Siempre depende. Pero puedes calcular unos cuarenta kilos por árbol. Más grande, más kilos. Pero depende de muchas cosas. Si es de secano, o de regadío; si llueve, si el árbol está cansado o no…

Sos un capo del mundo del olivo.

—No. Pero olivos como este supusieron un principio para mucha gente allá en Andalucía. De alguna manera ese pasado lo vamos heredando. Es como si todos los de allí sabemos, al ver un olivo, que le debemos nuestra oportunidad. O que estamos donde estemos un poco gracias a ellos. Por eso este olivo es más como un símbolo de respeto a ellos. Por lo que hicieron por nosotros.

—Eso da para un largometraje, viejo.

—Le voy a enseñar a tu hermana una cosa de venenos para que te asesine.

—Yo también te quiero, pibe.

—Y yo, cuñado.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Los peores días de mi vida

 

Los peores días de mi vida los ahogaba en el bar de Antonio. Cuando digo que los ahogaba, pretendo ser metafórico. Quiero decir que no solía beber más allá de un café o alguna cerveza si mi visita coincidía con el medio día, acompañada de unas espantosas tapas que mi amigo Antonio se esforzaba en preparar.

La verdad solía yo decirle en tales casos, no sé cómo tienes un bar con estas tapas que pones, deberías poner una zapatería. Este salchichón está reencarnado, antes fue media suela.

—¿Pero qué dices? Eso es pata negra. No tienes el menor sentido de la calidad. Esto es un bar pobre pero de primera contestaba él.

Antonio, no se puede ser pobre y de primera.

—¿Que no? Mira el Rayo.

La manera de ahogar mis penas era algo que surgió como por casualidad y, a la postre, terminó haciendo que ese bar se convirtiera en lo más parecido a un exorcismo que conozco. Mi exorcismo.

La cosa sucedió sin pretenderla, como suceden las cosas que merecen la pena, excepción hecha, claro está, de los embarazos no deseados. No me acuerdo si era de tarde o de mañana cuando ocurrió.

Buenas. Lo de siempre, Antoñito.

—¿Sabes? En esta semana se decide el resto de mi vida. Me dijo mientras amañaba en la máquina de café. Yo levanté los ojos de la chica de la contraportada del As: Zuzana Dravatinova, nadadora ocasional y mejor persona.

—¿Y qué va a pasar esta semana?

Algo grave.

No insistí yo mucho, no fuera que me lo contara. Así que me limité a un: Ajá, y revolví mis ojos hacia Zuzana y sus encantos de nadadora en lencería. Sinceramente, el As, es el único periódico que conozco que tiene la portada en la contraportada.

Nada volverá a ser como antes después de esta semana redijo Antonio sin darse por vencido.

Nada es como antes, continuamente. Contesté yo en una hábil maniobra dialéctica.

Ya pero lo mío es distinto.

Claro, como tus tapas.

Y entonces se me echó a llorar. Lo vi claramente porque coincidió con el servicio de café, zumo y tostada que puso ante mí en su barra. Después, me acercó el tomate, el aceite y la sal.

No llores, coño.

—¡Qué pasa! ¿Es que los hombres no pueden llorar?

No es eso, coño insistí yo es que tienes el bar lleno y todo el mundo nos está mirando. Se van pensar que te he dado calabazas.

—¡Pues que piensen lo que quieran! Y diciendo esto lanzó una mirada desafiante a todos sus clientes que, de manera sincronizada, volvieron sus cabezas a los cafés que estaban tomando. La vida es una mierda continuó hablándome, tanto trabajar para al final no tener nada.

Pero tú tienes este bar argumenté.

—¡Nada! me sentenció.

Entonces me di cuenta que habíamos intercambiado los papeles. Yo, el cliente, consolaba al barman. Algo sumamente extraño si nos acogemos a la norma. Pero lo más raro de todo es que me gustó. Yo estaba pasando los peores días de mi vida y, sin embargo, todas mis preocupaciones habían desaparecido como por ensalmo. En ese momento y en muchos otros que siguieron, las únicas preocupaciones que sobrevivían en aquella realidad intercambiada eran las de Antonio. Las mías se esfumaban.

Ponme una cerveza.

—¿Tú crees que el hombre, de verdad, pisó la luna?

Hombre, hay fotos.

A eso me refiero. Porque verás, los que llegaron fueron tres ¿no?, no me acuerdo como se llamaban: Harpo, Nemo y

Esos eran los hermanos Marx, por lo menos el primero. El segundo creo que era un pez.

Bueno. ¡Eso es lo de menos! Eran tres y salieron en una foto. Pero si salen los tres en la foto ¿Quién hizo la foto?

—¿Simba?

—¿Quién coño es Simba?

El del rey león, joder intervino un espontáneo desde la barra

—¿Y tú qué coño sabes?

—¿Qué tienes de tapa hoy? atajé salvándole la vida al espontáneo.

Bacalao.

—¿Es bueno?

El mejor.

Cago en la hostia.

miércoles, 27 de enero de 2021

El diablo en sus ruedas

 

El cochecito eléctrico me acorraló en el escaso zaguán que había inventado en mi piso de 45 metros cuadrados. Sus faros se me antojaban ojos diabólicos, y la defensa delantera sonreía, juro por Dios que sonreía.

Con un movimiento pausado alargué la mano hacia el paragüero y cogí un bastón decidido a morir peleando. Esperando el siguiente ataque, flexioné las piernas mientras mi mente me repetía aterrada “be water, my friend”.., el artilugio endemoniado reculó saliendo a toda velocidad pasillo adelante hasta meterse un cepazo contra la puerta cerrada del aseo que parecía invisible a sus ojos, a sus faros quiero decir.

Tras cuatro o cinco empellones, que no hicieron mella en su estructura, el cochecito giró a la izquierda desapareciendo en mi dormitorio.

Yo suspiré aferrado al bastón, convencido de haber encontrado el arma definitiva anti-coches de juguete con vida propia. Acerqué la oreja, pegada aún a mi cabeza, al cuarto oscuro reducto de mi enemigo.

Nada, silencio.

Encendí la luz con un rápido movimiento de muñeca que voló de nuevo al bastón.

Nada.

 

Me replanteé mi situación rápidamente, imaginé mi conversación con la policía.,

— Emergencias, ¿dígame?

— Hay un coche de juguete que me ataca, socorro.

La descarté.

Armándome de valor, me agaché pegando la misma oreja de antes al suelo. En el fondo, pude ver a esa arma del diablo que descansaba sin duda planteándose una nueva estrategia para aterrorizarme.

Sin saber que hacer, cerré la puerta del dormitorio y me dirigí al salón donde, más por desesperación que por rigurosidad, volví a contemplar el mando a distancia del artilugio que estaba como lo dejé, con la tapa abierta para meterle las pilas.

 

La verdad, no sé si tenía más miedo al coche o al ridículo de explicar mi situación. El cochecito era un regalo para mi único sobrino, me pareció un buen regalo, pero ahora deseaba poder retroceder en el tiempo para comprarle la PSII.

¿Qué hace uno en éstos casos?

 

Volví al dormitorio, el juguete seguía debajo de mi cama cosa que yo interpreté positivamente — el bastón lo debe acojonar, pensé—; agachado en una posición imposible que me permitiera salir huyendo a toda velocidad golpeé en dos ocasiones su capot trasero, no se movió. Animado por su nula reacción, desplacé lateralmente el vehículo con el bastón esperando lo peor — los tigres acorralados son los más peligrosos. Bueno cuando tienen crías también, pero ese no es el caso—, el coche quedó a la vista en mitad del dormitorio.

Entonces arrancó dirigiéndose hacia mí.

Yo solté el bastón dando un salto hacia la puerta con una sola idea en la cabeza, huir. Ahora era yo quien corría pasillo adelante hacia la puerta que abrí sin consideración precipitándome al vestíbulo donde..., encontré a mi vecino con un coche exacto al mío manejándolo con habilidad a través de su mando a distancia.

Maldita sea.

miércoles, 6 de enero de 2021

Tribulaciones

 



Cuando un coche pasa y te salpica de agua sucia, significa que vas a tener un mal día.

No falla.

Puedes – entonces – dejar un resquicio a la esperanza y sacarle un dedo – el más largo que tengas – al hijo de puta que conduce y creer que eso exorcizará el escaso futuro que coge en las siguientes horas…, o volver a casa y poner una de esas películas que te recuerdan a la adolescencia para creer que aún te queda lejos la muerte.

Yo hice hoy lo del dedo.

Cuando llegué a la oficina descubrí que la ADSL no había vuelto del fin de semana.

La señorita de telefónica tampoco tenía un buen día y me recordó que todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Como ella, que cogió mi “incidencia por avería” y la mandó a 50 kilómetros, de viaje —la verdad es que hacía una buena mañana para viajar—y yo me quedé con mi avería.

Y sin mi incidencia.

“Enésima llamada”

—Soy el de antes, he hablado ya con 6 técnicos, les he explicado 6 veces que no tengo ADSL. He desconectado y conectado el rúter 6 veces – sin resultado – y me han abierto UNA incidencia. Pregunta... ¿Dónde está mi ADSL?

—Veo su ADSL, y está correcta. Usted tiene ADSL.

—Le aseguro que eso no es verdad.

—Pues la veo.

—Ay

—Lo comprobaré de nuevo. Dígame su teléfono.

—555 555 555

—No, ese no es. Su teléfono es el 666 666 666

—Ay

—Es el que consta en su incidencia.

—Mire usted. Mi teléfono y yo llevamos mucho tiempo juntos. Se lo aseguro. Lo conozco perfectamente. Hablamos mucho. No me diga usted a mi ¡CUAL ES MI TELÉFONO!

—Pues es el que consta en su incidencia. Deberá poner otra incidencia.

“Ommm”



(6 horas después)

—Dígame.

—Soy el técnico de telefónica, le llamo porque tengo una incidencia.

—(Yo, llorando). SI! SIII!!!...mire usted, llevo todo el día desesperado, soy un buen creyente, apadrino a un niño de Sudamérica, marco la casilla para colaborar con la iglesia, no pego a mi mujer y voté en blanco en el referéndum para ingresar en la OTAN. … ¿podría venir. Hoy?.

—Si claro. Para eso le llamo.

Lloro de emoción, temo que se me entrecorte la voz y no pueda seguir hablando, trago saliva, respiro hondo e intento controlarme.

(25 minutos después)

Aparece un chaval de unos 21 años por la puerta vestido de azul. Me enseña una tarjeta de telefónica y me dice.

—Telefónica…

Salto de la mesa y le beso en la boca mientras le miro a los ojos.

(30 minutos después)

—Es el Rúter, se lo voy a cambiar para que no le dé más problemas.

Me casaré con ese chico.

(15 minutos después)

—Bueno, ya está. Le haré el boletín para que me lo firme. le pasarán el costo del aparato por la cuenta donde tenga domiciliada la factura de teléfono.

Mi sexto sentido se vuelve a mi pantalla y pulsa la “e” del Explorer.

—No va —digo sin sorpresa—no tengo conexión.

—Pues el mío sí. —Me dice el técnico— eso es por la IP que tiene, la suya es estática y la mía dinámica.

Yo pienso que me está diciendo que la suya es más grande que la mía.

—Muy bien, muy bien. ¿Pero me estás diciendo que vas a salir por esa puerta, habiéndome colocado un rúter, y sin que yo tenga conexión?

—Bueno, yo es que no puedo…

—JA! —me acerco hasta que su cara queda a dos centímetros de la mía. Tú no te vas de aquí hasta que yo no tenga conexión.

—Tendrá que hablar con mi jefe.

—Yo hablo con quién tú quieras. Mato a quien sea, me desnudo, incluso estoy dispuesto a dejar de ser virgen por las orejas. Pero quiero mi conexión.

(1,5 horas después)

—¿Si?

—Soy yo, ¿Te queda mucho?

—Bueno acabo de recuperar el ADSL, estoy intentando solucionar lo imprescindible.

—Ah! No te lo vas a creer. He estado en hacienda, tienes que pagar intereses por lo que te dieron los del FORUM.

(silencio angustioso) …con voz queda…esto...te recuerdo que los del FORUM ¡!me quitaron!!…!!no me dieron!

—Sí, justo eso les he dicho a los de hacienda.

—¿Y cuánto dicen que les debo?

—Eso es lo mejor. Dicen que de los 3.000 euros que te dieron (pero que no te dieron), tienes que pagar 4.000.

—Eso no es posible.

—Sí, justo eso les he dicho yo.

—…

—…

—Oye.

—¿Qué?

—¿Tenemos la peli de oficial y caballero?

jueves, 31 de diciembre de 2020

Diario de una cuarentena.

Jugar a las tarjetas con mis hijas se está convirtiendo más que en una diversión, en un experimento sociológico sobre brecha generacional e influencia cultural de los dispositivos electrónicos. El juego está bien, es entretenido. Pero lo fastuoso no es eso. Lo que lo hará inolvidable y digno de recordar en mi lecho de muerte son las respuestas de mi hija mayor (con cariño, cielo). Sin duda, cuando esté dando los últimos estertores con un tubo en la boca y decenas de sensores sobre mi piel y me esté meando de risa es que habré llegado, en el vertiginoso paso de mi vida ante mis ojos, a las respuestas de mi hija. Y seguramente estaré dándole a la moviola.

Escena primera.

La compañera de juego en el turno de la mímica —su madre—, adopta con las manos una postura de triángulo sobre la cabeza.

Respuesta de mi hija: HOLOCÓPTERO.

Yo me moría. No es que haya confundido la palabra con helicóptero. Que no tenía que ver con lo representado por su madre, es una palabra genuina fruto de…; no sé de qué es fruto. A mí me ha parecido brillante. Un palabro muy bonito, cariño.

Escena segunda.

En esta, mi hija mayor trata de definir la palabra de la tarjeta para que la adivine su compañera, madre en coincidencia.

Palabra: Ku Klux Klán

Definición: Es algo de la cocina.

Me he desgarrado el estómago. Ahora se me caerán los alimentos.

Escena tercera.

Misma explicación.

Palabra: La Gioconda

Definición: Yo creo que es una serpiente.

Han venido los de urgencias.

Me iré al otro mundo con una gran sonrisa en la boca. Gracias, princesa.

 

 


viernes, 25 de septiembre de 2020

Sabor de amor



Y allí estaba yo de nuevo. Frente al puesto de helados de un pueblo perdido entre olivares monótonos y eternos, uno con un cine de verano, una panadería que estaba siempre abierta y una iglesia con campanario. Pero a mí solo me interesaba el puesto de helados. En concreto, la heladera. La heladera era como me refería a la chica que gobernaba el puesto de helados cuando hablaba de ella a mi perra, única compañía en aquellos veranos confinado por mis malas notas en un cortijo que mi padre había comprado, no sé si pensando en su jubilación o con premeditada intención de construir un campo de concentración para hacerme entender que los actos traen consecuencias. Pero en ese momento mi cabeza no estaba en disquisiciones. Yo estaba concentrado en la pizarra donde se ofrecían los helados disponibles. Mi perra, a mi lado con la lengua fuera.

Todas las mañanas recorría entre arroyos los dos kilómetros que separaban el cortijo del pueblo. Iba al ultramarino, después a la panadería y al volver me paraba a comprar huevos que podías coger, si te apetecía, directamente del gallinero. Las monedas que sisaba de los recados nunca me fueron reclamadas, quizás por considerar ya suficiente castigo por parte de mi madre, tesorera y directora económica de la familia, el verme prácticamente en presidio en aquella juventud temprana.

La cuestión es que yo dedicaba el reparto de la sisa a varios menesteres que iban variando con la sola excepción del helado, que como el sol en la mañana, ocurría a pesar de los pesares.

La elección del helado era fundamental. Había que descartar los de chocolate y los que salían anunciados en la tele. Esos estaban siempre los primeros en el congelador. Mi heladera los cogía tan rápido como desenfundara, en sus mejores tiempos, el mismísimo doc Holliday. Así que había que pensar en el helado que menos apeteciera, ese que acababa en el fondo del congelador e ignorado para siempre.

— ¿Tienes el de sandía? —preguntaba yo, por ejemplo.

— ¿El de sandía? —contestaba ella invariablemente. —No sé, tendré que mirar.

Y entonces empezaba el espectáculo. Aquel vestido con escote palabra de honor, ligero como el mismo aire, ceñido como un nombre y revelador como el mejor maestro, se separaba lo bastante mientras mi heladera, agachada sobre el arcón, buscaba y rebuscaba aquel helado escondido. Esas montañas invertidas que eran sus pechos, perfectos a mi entender, que no era mucho, adquirían vida propia. Ahora a la izquierda, ahora a la contra, confiriendo a sus encantos el plus de ser capaces de hipnotizar hasta que la baba se escurría por tu cuello. El éxtasis llegaba de dos maneras. Uno se producía si lograba encontrar el helado, pues cuando ocurría, siempre daba un último embate al cogerlo, agachándose un poquito más, dejando ver carne que siempre era de deseo, de piel tersa y desnuda, un poco de pecado entre tanta inocencia suelta.

Si por el caso, que ocurrir pasaba, no encontraba el helado daban ganas de abrazarla ante su frustración sincera.

—No, no me queda.

Y entonces cambiaba de pie, acariciaba a mi perra y contestaba.

— ¿Y de plátano?

lunes, 7 de septiembre de 2020

Sin notas al margen

Compré un tacote de notas para oficina, grueso, de 500 hojas cuadriculadas con márgenes arriba y abajo. No sabía para qué. Realmente, necesitarlo, no lo necesitaba pero estaba a buen precio en la papelería donde suelo comprar mi revista de moto favorita (no diré el nombre por aquello de la publicidad). Fue un impulso, eso es. Como cuando compras patatas fritas en el súper, o donuts. Yo, una vez, compré por impulso un desatascador para cuando se me embozaran las tuberías y acabé regalándolo a mi amigo invisible de aquellas navidades cuando me dejó Pilar. Después de once años, dos meses y tres días de noviazgo. Lo estoy superando.

Cuando llegué a casa puse el tacote junto al ordenador presidiendo la mesa. Seguramente —pensé—, la lámpara de mesa y —sospecho— el mismo ordenador, pensarían: “mira este, acaba de venir y ya está el primero. No hay nada como un buen enchufe.” Qué tontería. Pero lo pensé.

Pasados dos días el tacote de notas aún se conservaba virgen y eso que tenía la tentación constante cada vez que me descubría mirándolo de emborronar la hoja con garabatos pero me contenía. Hay que darle sentido a las cosas. Debía esperar a anotar un pensamiento fugaz, una idea para mi próximo relato, el teléfono de mi próximo y definitivo amor no imposible. Como el de Marta. Pero el de Marta no puedo anotarlo, me lo sé de memoria. Eso sería como un fraude al tacote de notas. He salido unas catorce veces con ella. Recuerdo que la primera vez fantaseaba con tener sexo en la primera cita. No pudo ser. Seguro que en la quince ocurre y de ahí a la eternidad. Salimos cuando terminamos de trabajar, ella es practicante. Bueno a ella no le gusta que la llame practicante, “T é c n i c o   s a n i t a r i a”, me deletrea cada vez que se me escapa delante de ella. Pero a mí se me ha metido lo de practicante y no hay forma. También es bajita y yo le digo cariñosamente “enana”. Enana, esto…, enana, lo otro…, ella lo lleva mal. Se defiende diciendo que sus padres poco más que la envenenaron cuando con once años le dieron antibiótico para la caries, según ella eso le interrumpió el crecimiento. Puede ser. La verdad es que tiene los dientes peleados entre sí. No es que no se hablen. Es que ni se miran. Estoy pensando que asusta tener según qué sexo con ella.

Hoy he arrancado una hoja del tacote. En blanco, aún. Pero me he decidido para experimentar cómo se siente uno cuando anota algo frugal, arranco la nota y la tiro a la papelera de modo descuidado. Ha estado bien. He acertado la canasta a la primera. Claro que estaba a un metro escaso pero yo soy novato en estas lides así que me he quedado satisfecho. Me ha pasado cinco minutos mirando y remirando la nota en el fondo de la papelera, ya sabéis, para recrearme en mi éxito, para revivir el momento.

Ha sido emocionante.

Me pasó algo que lo cambió todo. Estaba solo en casa y llamaron por teléfono. Era una compañía haciéndome una oferta para cambiar de proveedor de la ADSL. No podía creerme lo que me estaban ofreciendo y pedí que me lo repitiera para apuntarlo pero como el teléfono está en el pasillo no tenía mi tacote de notas a mano, así que lo apunté en la pared, y eso a pesar del gotelé.

Así que he cambiado el sitio del tacote. Ahora lo tengo en el pasillo, junto al teléfono. Esperando la próxima oferta. Paseo como un puma por el pasillo mirando el teléfono de reojo, como si fuera un manatí gordo, grasiento y apetitoso. Llego a la puerta de la cocina y la traspaso con el oído atento, abro la nevera, la cierro y vuelvo sobre mis pasos en dirección otra vez al pasillo. Entonces caigo que no tiene sentido comparar al teléfono con un manatí. Los manatíes son acuáticos. También se llaman dudongos y creo que un puma —seamos realistas— jamás podría con un manatí. Es decir, podría matarlo, eso sin duda. Pero cómo se las apañaría para sacar un bicho que supera las dos toneladas  del agua…,

Dos meses y no he podido anotar nada en mi tacote de notas. He repetido la experiencia de la papelera, la he separado al triple de distancia y soy capaz de acertar dos veces de cada tres. Sin comentarios. El bloc que forman las hojas ha ido disminuyendo, lo he deducido ya que notarse no se nota mucho pero basta con mirar la papelera para darse cuenta que ha debido de mermar. Me he preocupado un poco. Y he ido a comprarme otro. Por si acaso me hace falta.

Estoy harto de esperar una oferta que no acaba de llegar. Además aquella oferta prometida quedó en agua de borrajas, la compañía en cuestión (no la nombraré por miedo a posibles demandas) resultó ser una embustera. Y encima la tinta no se va de la pared. Así que he decidido pasar a la acción, convertirme en proactivo. He llamado a Marta, y la cosa ha ido más o menos así

—Hola, enana.

—Te he dicho mil veces que no me llames así, gilipollas.

—Perdona, perdona…

—Ni perdona, ni leches. Estoy hasta las narices de ti ¿Qué quieres? Estoy liada con el curro.

(se me ha pasado por la cabeza…, lo juro. Pero me he contenido, después de lo de hasta las narices de ti he pensado que no era buena idea llamarla practicante. Yo creo que estaba susceptible, seguramente la regla. Está claro que el quince no es mi número de la suerte)

—¿Tomamos algo después?

—NO.

—Por favor, Marta. Tengo ganas de hablar con alguien que sea humano. Podemos quedar en algún sitio diferente.

—¿Diferente, quieres decir en algún sitio nuevo?

—Sí, sí…, eso es. Donde tú quieras. (mi mano apoya el bolígrafo en el tacote)

—Escúchame atentamente.

(¡Dios qué emoción…!)

—Dime, dime…

—Que te vayas a la mierda.

Después ha colgado. Sin más. Miro la hoja del tacote y no puedo sino sentir pena por ella. Ha sido un casi. Una promesa incumplida. Un querer y no poder. No puedo imaginarme cómo debe de sentirse en estos momentos, quizás inútil, fatuo, como un sobrero en una corrida de vitorinos…

—Te lo compensaré. No te preocupes.

La vida son etapas. Y uno no puede estancarse en ellas, corre el riesgo de ahogarse en lo más profundo de uno mismo. Sé que tengo una deuda pendiente y ello me subyugó cierto tiempo pero hoy sé que lo estoy empezando a superar. El tacote sigue allí, esperando su oportunidad pero hoy he decidido vivir el presente. Hoy paso página (sin coñas, por favor). Hoy vuelvo, de alguna forma, a nacer. Me he comprado una alargadera.


viernes, 14 de agosto de 2020

La fiesta

Me levanté temprano para recoger. Mis padres llegarían por la tarde, así que tenía tiempo de sobra para dejar la casa presentable y de esa manera no perder la confianza que, unas veces por unas cosas y otras por otra, estaba siempre pendiente de un hilo. Me esmeraría. Así que había que organizarse. Empezaría por el salón, después la cocina y dejaría los dormitorios en último lugar.

Eché una ojeada al salón. Una gran mancha sobre la alfombra me hizo torcer el gesto, esto no empezaba bien. Me agaché y toqué con el dedo, después me lo acerqué a la nariz. No me quedó claro, así que me chupé el dedo. Estaba bueno. Era algo dulce que me recordó vagamente al jarabe de fresa que tomaba de pequeño cuando enfermaba. Recuerdo que estaba tan bueno que una vez cogí el frasco de lo alto del frigorífico y me bebí la mitad de un trago. Después le eché agua del grifo. Me preocupé un poco por si me moría, pero se me pasó enseguida. De pequeño era un inconsciente. La mancha podía ser de grosella, así que eché un poco de quitamanchas y lo dejé haciendo espuma. Grosella, seguro que era cosa de la loca esa que había traído Mauricio, cómo se llamaba…, era algo como triste, no me acuerdo. Me da por culo no acordarme, joder. Sí, hombre, esa de la trenza…!Soledad! Eso es. Y la tomaba con vodka, ya me acuerdo. Por cierto, lo que no recuerdo es quien trajo el vodka. —No me jodas—. Me acerco al mueble donde, en una vitrina cerrada con llave, guarda mi viejo las bebidas. Pego la nariz a la vitrina y veo una solitaria botella. Grito. Cabrones sinvergüenzas, mira que lo dije, aquí ni acercarse, lo dije, esto ha sido cosa de Pablo, si es que se pone a beber y no controla. Ahora verás, será cerdo, dónde está el teléfono…

— ¿Sí, quién es? —contesta Pablo después de un rato.

—Soy yo. ¿Tú te has bebido lo de mi padre?

— ¡Ah, tío! ¡Qué fiesta más cojonuda ayer!

—Que si te has bebido la priva de mi viejo, te digo.

No se oye nada al otro lado de la línea.

—¡Pablo!

—Pues no me acuerdo.

— ¿Que no te ac... —empieza a decir con la voz en un tono cada vez más intenso.

—No grites, tío. Tengo la cabeza que se me va del cuerpo, por favor. Tranquilo. A ver, ¿qué ha pasado?

—Pues que os habéis bebido el bar de mi padre y a ver qué hago yo ahora. Vienen para la tarde, así que si queréis otra fiesta, más vale que me digas qué hacemos.

—Qué marrón.

—El que yo tengo, quieres decir ¿no?

—Mira, no te preocupes. Vamos a hacer esto. Tú dime qué tenía tu padre en el bar y yo llamo a los demás y les digo que cojan de sus casas algo cada uno. Te las llevamos antes de que llegue tu viejo y las metemos en el bar. Venga, ¿qué tenía?

—Joder pues…vodka…, no sé.

—Coño, pues busca las botellas. Estarán tiradas por ahí. ¡Pero si las encuentras no las tires!, así las podemos rellenar con lo que sea.

Parecía un buen plan.

—Vale, voy a buscarlas. Tú llama a los demás y nos vemos en un rato aquí.

David, tu padre te llama. Baja.

Un sudor frío me recorre el cuerpo mientras bajo las escaleras hacia el salón. Pienso en el bar, por supuesto. El resto de la casa ha quedado más que aceptable, incluso la alfombra. La mancha salió perfectamente y, por si las moscas, la giré para que la zona limpiada estuviera donde empezaban las cortinas. Así se veía menos. Encontré botellas por todas partes, pero no sabía exactamente cuáles estaban en el bar y cuáles no. Así que tuve que tomar decisiones. Veríamos.

— ¿Me llamabas, viejo?

—Sí, David. A ver, dime qué es esto.

—Una botella.

— ¡Oh, excelente! Tu madre y yo estamos tan satisfechos de la educación que te hemos dado que lloramos de emoción cuando vemos los frutos recogidos. ¡Una botella! Míralo, lo ha dicho él solito. ¡Sandra! —Grita el padre mientras sigue sujetando la botella con la mano— ¡tráete la video que esto tenemos que inmortalizarlo!

—Para ya, papá. Es una botella de whiskey.

—Mejor. Y dime David. ¿De qué color es el whiskey?

—Bueno, pues…, no sé. ¿No depende eso de lo bueno o malo que sea? —contesta David dubitativo.

—¡Ajá! —Exclama el padre—puede ser, puede ser. Y dime, David, este whiskey de color verde, tú qué dirías ¿Que es bueno, o que es malo? —pregunta el padre mostrando un vaso de whiskey con un líquido verde chillón capaz de verse en la oscuridad.

—Eso es que se te ha echado a perder por el calor, papá. Deberías tener un bar climatizado y eso no te pasaría.

—Claro, claro. No entiendo cómo no se me había ocurrido a mí. El calor ha convertido el whiskey en menta. Verás, lo que vas a hacer es llamar a tu tía Manuela.

—¿A la monja? Para qué.

—Pues porque esto es un milagro, por eso. Hay que llamar a la tía y al Papa de Roma. Hay que llamar a todo el mundo. Es un caso extraordinario, verás tú la cantidad de entrevistas que te van a hacer cuando sepan tu teoría. Whiskey en menta.

—Joder.

—No. Eso es infinitivo. Tendrás tiempo de repasarlo, no te preocupes. Cuando llegues al participio. Entonces entenderás exactamente tu situación.

Lo que yo decía. Cuando no es por una cosa, es por la otra.


jueves, 18 de junio de 2020

El baño



— ¡Adiós cariño, estoy en el baño! —la voz suena metálica producto de la reverberación con los azulejos. Sofía responde desde el aseo al que parece haberse mudado hace ya cuatro años. Desde la muerte del bebé. Ella parece no darse cuenta. 


Sencillamente su mente no pudo soportarlo.

Y es que hay cosas que nos sobrepasan, uno nunca sabe cuál. Huimos de los miedos y eso hace que se escondan hábilmente. De pronto su mente dejó de funcionar ordenadamente. El día que me dijo que estaba embarazada su cara irradiaba felicidad, todo fue más o menos normalmente hasta que una mañana, un tropiezo tonto, mató al bebé. Ahora vive en el aseo, sale a horas que duermo, o que trabajo, y come verduras crudas que yo siempre le tengo en el frigorífico, nada más.

Es como tener un hámster.

En los inicios de su aislamiento probé cosas para hacerla reaccionar. Sin lugar a dudas tener otro hijo me parecía —en principio— la solución más lógica. Así que intenté sacarla en vano de su isla para llevarla al dormitorio. No porque esté en contra de hacer el amor en el baño, a mi me gustan todas las habitaciones para eso, pero el pestillo de la puerta, siempre condenado, me hacía saber dónde estaba la frontera de lo permitido, así que no fue posible.

Yo seguí intentándolo. Armado con paciencia infinita y teniendo presente las palabras pronunciadas ante el altar que me ataban a esta condena, intentaba normalizar una situación muy lejos de lo normal.

—Cariño, ¿vienes a la cama?

—Enseguida amor, estoy en el aseo, ya termino —me contestaba de modo amable. Pero nunca acababa de terminar. Confieso que en momentos de flaqueza espiritual y, por qué no decirlo: carnal, algunas veces me daban ganas de forzar la puerta, agarrarla de los pelos y violarla en su querido baño. Pero —pensaba yo— ¿y si después le da por encerrarse en un armario empotrado? Eso sería catastrófico. Al fin y al cabo ahora, cuando venía alguien a casa, podía disculparla explicando que ella estaba en el baño. Pero ¿Cómo explicar lo del armario?

He llamado a médicos que me dicen que está mejor en casa, que no es violenta y que en el sanatorio empeoraría. He estado probando a tomarme unos días libres, ella no parece darse cuenta.

—Cariño, ¿ya estás aquí?, estoy en el baño —es su respuesta cuando me oye entrar.

Cansado de vivir así. Decidí jugarme el todo por el todo. Me tiré un farol en la esperanza que algún “clic” en su cerebro la sacara de su encierro. Recuerdo que llevaba dos años enteros sin verle el pelo.

—Sofía, me voy.

—No trabajes mucho, cielo.

—No, Sofía. Me voy para no volver.

No sé si ese silencio significó que había comprendido las consecuencias de mis palabras. Lo cierto es que no se oía nada al otro lado de la puerta.

—Te he dejado verdura fresca en la nevera, toda la que ha cogido. Creo que tendrás para una semana o diez días. Y le he dicho a Mari Carmen que se pase a limpiar y a comprar más. Le dejo una copia de la llave. No te preocupes, yo le pagaré desde donde esté. ¿Sofía? —Insistí ante su silencio—.

El picaporte se movió tímidamente, y eso hizo que me retirara de la puerta. Sofía la abrió y se quedó con la cabeza mirando al suelo. Sin levantar la mirada, anduvo dos cortos pasos, los suficientes para salir y pisar el pasillo. Entonces levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Ella estaba tan bella como siempre, aún era aquella mujer de la que me enamoré y eso me recordó la verdadera razón de no poder abandonarla. Su aroma era fresco, una mezcla de varios perfumes que componían las cuatro estaciones sobre una piel aún joven y deseable. Movido por una compasión solo a la altura de mi deseo, alargue el brazo con intención de rozar aquel cuerpo casi olvidado para mis sentidos. Sofía me sonrió.

—Voy un momento al aseo —me dijo.

Y se metió en el baño, cerrando el pestillo.

Bueno, supongo que ya volverá desde ese lugar al que se ha marchado, al que escapó y del que espero regrese. Porque si no habré perdido a la mujer que amo, habré perdido mi libertad y habré perdido un baño.

jueves, 28 de mayo de 2020

El juicio


A mí, el fin del mundo me pilló cagando. Sé que puede parecer una indignidad decirlo, pero yo ya estoy acostumbrado. Me contaron que cuando nací hubo un gran apagón y el hospital se quedó a oscuras justo en el momento en que las enfermeras etiquetaban a los bebés. Por lo visto hubo mucha confusión, las enfermeras tropezaban con las cunas profiriendo tacos y empujándolas lejos de ellas. Como os digo, me contaron que cuando vino la luz yo tenía una cinta con un número en el tobillo: el 2112AS. Me tocó una madre prostituta y ucraniana. Más prostituta que ucraniana, creo yo. Pero supongo que es normal. Uno, al final, es de donde vive pero puta se puede ser en todos los sitios. Mi adolescencia fue normal para un hijo de puta. Del colegio recuerdo, sobre todo, la pared de enfrente del despacho del director: tenía un estuco muy elegante, con un gran cuadro copia de la Rendición de Breda del suelo al techo y en el que solíamos firmar con dedicatorias y pintarles cigarrillos en la boca a los personajes.

No sé en qué momento me hice mayor. Supongo que fue cuando los días empezaron a ser iguales unos a otros y me di cuenta que ya no me quedaban más ocasiones de hacer las cosas por primera vez. Las segundas veces son menos emocionantes, en las terceras comienza una línea recta.

Realmente no sé cómo fue eso del fin del mundo. Yo estaba cagando y al momento todos desaparecimos. Fue un suspiro. Estoy aquí, en algún sitio, esperando el Juicio Final. Es que hay un retraso enorme. En los pasillos hay bancos, todos ocupados por decenas de millones de personas. Un murmullo atroz lo invade todo. Me pregunto de qué hablaran. Me acerco a un grupo y no puedo evitar oír la conversación. Hablan de lo que han sido sus vidas. Entonces caigo. ¡Claro!, de eso se trata, hay que exponerlas en el juicio. Mi mente, rápida y sibilina, me dice lo que tengo que hacer. He de buscar a un abogado.

Me fijo en un tipo que, bajo mi criterio resoluto, tiene pinta de abogado y no me lo pienso dos veces.

Hola, perdona ¿eres abogado?
No, electricista me contesta el tipo.
Vaya ¿y no sabrás dónde hay uno, ¿verdad?
Bueno, al final del pasillo se reúnen los banqueros y los políticos, pregunta allí.
Qué buen consejo. Le contesto intentando agradecer sus palabras.
Bueno, los electricistas solemos tener sentido común. La electricidad puede ser peligrosa.

Dejo al electricista que empieza todas sus frases con bueno, y me dirijo al final del pasillo donde hay hombres y mujeres trajeados con caras circunspectas. Todos esperan turnos que van canjeándose de forma discreta supongo que a fuerza de favores inmediatos, aunque, la verdad, esto de que toda la humanidad deba ser juzgada va a llevar su tiempo.

Alguien llama mi atención.

—¿Por casualidad buscas abogado?
Pues sí ¿eres electricista?
No, abogado.
—¡Ah, claro! No has dicho: bueno
—¿Perdona?

Me doy cuenta que mi cabeza no rige de forma correcta justo cuando huelo un tufo a marihuana que sale de un grupo reunido junto a lo que parece un aseo. Las drogas siguen haciéndome efecto en el cielo.

Perdona tú. Sí, sí busco abogado. Necesito alguien para que me represente en el juicio.
Has dado con la persona adecuada. Acabo de terminar un caso y estoy libre.
—¿Y qué tal ha ido?
Bien, purgatorio.
—¿Eso es bien?
Sí, si has sido un sacerdote pedófilo.

Decido que este es mi hombre. Aunque no con esas palabras.

—¿Cómo te has portado en tu vida? Me pregunta. Lo hace de forma rutinaria y saca un bolígrafo y una libreta con intención de apuntar mi respuesta. Pero de mi boca no sale nada. Creo que no estaba preparado para esa pregunta. Él hace un ademán con el gesto, como diciéndome que está preparado, que dispare. Yo apunto. Pero no sale bala. Me esfuerzo.
Bien. Más o menos.
—¿Más? o ¿menos?
Pon más.

El letrado cierra la libreta con gesto airado y me mira fijamente.

Te advierto que es inútil mentir. Es lo que tiene que te juzgue Dios.
Es que es difícil resumir. Supongo que he hecho cosas buenas y cosas malas.
Entiendo.
Es que mi madre era puta empiezo explicando, y eso me confundió mucho. Además, me pasé la infancia en un colegio interno y cuando salí, resulta que mi madre era ucraniana y no sabía nada de español. ¡Joder, a mí no me habían enseñado ucraniano en el internado! Un día me dijo algo y ya nunca la volvía a ver. Yo supuse que me dijo: adiós. Pero no puedo estar seguro
Vale, vale. Corta ya.
Yo es que
Que pares te digo. El abogado enciende un pitillo y suelta una bocanada de humo que me hace recordar que yo me quité de fumar hace años. Recuerdo que estoy en el cielo y decido retomar el vicio. Me da un pitillo y me sabe a gloria bendita. Después, me habla. Es inútil que intentes justificarte. El juicio tiene tres reglas muy sencillas: A lo hecho, pecho. Se te juzga por elegir, no por el resultado de tu elección. Y después está lo de los puntos.
Lo de los puntos. Afirmo yo con rotundidad.
Sí, te dan puntos por cada cosa que hayas hecho por los demás sin interés alguno. Eso es lo que salva a muchos. Puedes haber sido un crápula, pero si tienes alma de Boy Scout, pum, salvado.
Entonces ¿para qué necesito un abogado?
Bueno, el fiscal es el diablo. Tiene mala uva preguntando.

Supongo que al final nada es como uno imagina. Yo tenía la sensación de que en mi vida había sido egoísta y pendenciero. Pero resultó que solo había tenido miedo, y fue por miedo por lo que hice la gran mayoría de las cosas. Eso, por lo visto, es muy común y por tanto perdonable.

Aquí me quedé. Se está bien.

Y sigo fumando.



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El silencio no es la ausencia de sonido sino la ausencia de ego.

"No es que el Universo sea más extraño de lo que imaginamos, es que es más extraño de lo que podemos imaginar" W. Heisenberg.

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