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sábado, 1 de febrero de 2025

La conversación

 


Habían pasado ya dos años. Mis compañeros y yo mismo, habíamos aceptado la rutina impuesta. El silencio, en principio, había sido el eje de nuestras vidas en el monasterio Zen de Pandapamar. Un lugar que no aparece en los mapas. Como llegué aquí es una historia que no tiene cabida en estas letras. 

El paso del tiempo hizo que nos olvidáramos de que podíamos hablar. Y el silencio quedó en silencio para formar parte del olvido. 

Pero una vez cada dos años, el maestro, rompía el sagrado silencio y nos permitía a todos una sola pregunta. La promesa era una sola respuesta. 

Nadie habló. Por ello, yo hablé. 

—Maestro, para aceptarnos exigiste que nos mantuviéramos en silencio ¿Qué es lo que enseña el silencio?

El maestro no contestó de forma inmediata. Con las manos unidas y un pronunciado balanceo del cuerpo parecía esperar algo. Pasó un tiempo indeterminado y yo casi había perdido la esperanza de escuchar la respuesta prometida cuando el maestro habló:

—Hablar en voz alta—dijo en voz muy queda—hace más difícil que tus errores pasen desapercibidos. Y vas a errar. Lo harás mientras creas que tienes una voz propia, ya que te verás tentado a utilizarla. Y la voz expresará significados que tú confundes con entendimiento. 

Dicho esto, su voz se apagó. Y yo supe que tendría dos años para reflexionar sobre sus palabras. Así que, con lentos movimientos, bebí una gota de agua de mi recipiente que me acompañaba a todas partes con la esperanza de que apaciguara la pregunta que había surgido en mi mente y quemaba mis labios. 

A los dos años, no pude esperar. 

—Maestro. ¿Cómo puedo encontrar el entendimiento, cómo puedo distinguir este de lo que no lo es?

—Esos significados que otorgas a lo que llamas realidad, no se basan en la comprensión, o no suelen hacerlo. Se basan en lo que tú decides, en cada instante, qué son las cosas. Es decir, qué es la realidad para ti en este momento. Aunque cambie en el siguiente. 

¿Puede algo que es real ser una cosa y cuando pasa un momento, otra?

La verdad es lo que es. 

No lo que uno cree que es.

Dos años más. Juro que estuve a punto de levantarme, pegarle una patada al incensario, agarrar por la solapa al maestro y torturarlo hasta que me diera todas las respuestas. Todos eran pacifistas, así que no se opondrían. 

Así no había forma de entender nada. 

Dos años pasan enseguida en el mundo donde la inconsciencia campa a sus anchas. De pronto tienes quince años y en un momento cuarenta y tres. Pero en el monasterio, dos años son setecientos. Creo que el control para no perder los estribos y conservar la cordura, es la verdadera enseñanza del sagrado lugar. 

Estaba convencido de que mis compañeros, de haber podido hablar, claro, habrían consensuado que yo era el charlatán del monasterio. Afortunadamente, no me importaba. Y ello hablaba del largo camino que aún tenía por delante. Así que, no di opciones y cuando pasaron los dos años prescritos, volví a tomar la palabra. 

—Maestro. ¿Qué cosa es peor, hablar con el propósito de entender a riesgo de equivocarse, o bien callar y morir en la ignorancia?

El maestro me miró en esta ocasión. Su mirada decía: "este otra vez". Como era costumbre, se tomó su tiempo, y yo que no podía evitar el cálculo mental que discurría por mi interior para adivinar si a aquel hombre, viejo ya como un pergamino, le daría tiempo a contestar una nueva pregunta dentro de dos años, rogaba porque su respuesta fuera definitiva. 

—Cuando en algún momento en el tiempo—comenzó diciendo—, seas consciente que viviste, en todo instante, a través del velo de tus pensamientos, y que estos te hicieron errar una y otra vez, haciendo daño a los demás pero, sobre todo, a ti mismo, entonces sentirás el peso de la culpa. 

Para cuando eso ocurra, recuerda esto ahora: la verdadera humildad consiste en no tener que disculparse nunca. 

No sé si fue por humildad o porque se me agotaron las ganas de hablar. Pero decidí abandonar el monasterio. 


sábado, 28 de diciembre de 2024

Ser feliz

 


La quemazón en la piel por las decenas de picaduras era insoportable. El tiempo parecía eterno en un sufrimiento sin par. Por ello, cuando empezaron a desollarlo agradeció ese nuevo dolor en otras circunstancias horrible, pero que en la suya le pareció alivio. 
Y por un momento creyó haber encontrado la felicidad


sábado, 7 de diciembre de 2024

El hueco de la jarra

 


Un ceramista acabó una jarra por encargo. La jarra estaba ricamente ornamentada con filigrana de oro y dibujos de épica guerrera puesto que un Samurai era el cliente.

 Al recogerla, el guerrero admiró su terminación y pagó la factura con satisfacción.

 La jarra la regaló a su comandante, el más sabio de los guerreros que, tras una vida de servicio,  abandonaba la carrera militar para ingresar en un monasterio Zen donde acabaría su vida en paz. 

Al ver la jarra, la tomó en sus manos y apenas sin mirarla la llenó de aceite. El Samurai, al ver que ignoraba su acabado, le preguntó a quien más que su comandante consideraba su maestro, si no era de su agrado.

Como respuesta, el maestro vació de aceite la jarra y la llenó de vino. 

El guerrero, aún más extrañado se postró a los pies del primero y pidió disculpas por su torpeza al haberle regalado un objeto que no era digno, pues interpretaba que la actitud del maestro mostraba su disgusto ante el presente recibido. 

Ante esto, el maestro vació el vino y llenó la jarra de agua.

El guerrero sacó su daga y arrodillándose dejó su vientre al aire con intención de acabar con su vida. Se sentía humillado ante la persona más importante en su vida y no podía soportar vivir sabiendo que la había decepcionado. 

Solo entonces, el maestro habló. 

La jarra no es su forma. Lo que da valor a la jarra es su propósito pues  naturaleza y propósito van unidos. Una jarra no es su forma, una jarra es su hueco. Al igual que un guerrero no es su armadura ni su espada, un guerrero es su intención de luchar.

El hueco de la jarra es lo que da propósito a esta, y lo que llena el hueco lo que le da sentido. 

La jarra, en realidad, es el vacío que contiene. 

jueves, 14 de noviembre de 2024

Las tres cajas

El maestro le dio una caja a cada uno de sus tres discípulos. Las cajas estaban vacías. 

—Cada caja representa una vida por vivir—explicó el maestro. Cuando llegue el fin, la caja se disolverá y quedará el contenido.  Vuestra tarea de hoy será llenar la caja. 

Dicho esto, el maestro se levantó de forma pausada, hizo una reverencia al Buda Avalokiteshvara y se retiró. 


Al final de día, los tres discípulos llegaron con sus cajas. El primero llevaba la suya sobre un carrito de mano, el segundo la traía sobre un asno y el tercero la portaba en sus brazos. 

Tras depositar sus cajas frente a sus cojines de meditación, el primero buscó donde dejar su carrito pues no quería que se lo robaran. Y no confiando en nadie, ni encontrando puerta que tuviera llave que la cerrara, optó por atarse el carrito a la espalda no fuera que en el estado de meditación lo perdiera de vista. 

El segundo ató al asno y buscó forraje que lo alimentara. Pero el forraje era caro en lo inaccesible del monasterio por lo que tuvo que adquirir deuda para pagarlo. Después bajó al pozo, aguardó turno para sacar agua, la acarreó hasta el asno, lo cepilló, y tras dejarle un puñado de alfalfa se dirigió hacia el Ashram preocupado en cómo iba a pagar la deuda contraída. 

El tercero fue directamente a su cojín y se dispuso en meditación.


Ya anochecía cuando el maestro habló al primer discípulo. 

—¿Cuál es el contenido de tu caja?

—Maestro, contestó el interpelado abriendo su caja, entregué amor a toda esta gente. La caja estaba llena de fotografías de personas. 

Pero dime, si fue amor lo que entregaste ¿Por qué me traes personas, por qué no me trajiste el amor?

No pude, maestro. No supe cómo meterlo en la caja. 


El maestro, tras mirar compasivamente a su discípulo que no sabía cómo manejar el amor, se dirigió al segundo en orden. 

—¿Cuál es el contenido de tu caja?

—Maestro, si este mundo es ilusorio hemos de aprender a conocer la realidad. Por ello llené mi vida de conocimiento. La caja estaba llena de libros. 

—¿Es esta la verdad? —preguntó el maestro señalando el conjunto de libros que la caja abierta mostraba. 

—Maestro, hay muchas verdades en mi caja. Pero no fui capaz de quedarme con solo una. 


El maestro, de nuevo, compadeció en silencio al alumno que se perdió entre palabras comprendiendo que fue su mejor, aunque inane, intento . Por último se dirigió al tercero. 

—Dime, ¿Cuál es el contenido de tu caja?

El último discípulo abrió su caja mostrando el vacío de su interior. 

Ante esto, sus compañeros hicieron un gran esfuerzo para que su sorpresa no se manifestara. Sin embargo, el rostro del maestro no indicaba decepción o conflicto. Este habló. 

—Dime ¿Perdiste el tiempo en tu vida?

—Maestro. Pensé en el amor. Pero realmente no pude discernir qué es lo que era. Nadie me explicó jamás en qué consiste el amor. Después pensé en aprender, pero ¿cómo saber lo que es correcto y discriminar lo que no lo es? ¿Cómo saber lo que he de aprender y lo que no merece ni un segundo de mi tiempo?

—Pero entonces la caja está vacía. Dime, ¿puede lo vacío estar lleno?

—Maestro ¿Cómo yo, que lo desconozco todo, puedo decidir nada? Dejé la caja vacía para ver qué es lo que la llenaba. Usted, maestro, nos enseñó que es el hueco vacío de una jarra lo que le da sentido a la jarra. La jarra es el vacío que contiene. Eso es la jarra. 

—¿Y qué hallaste, de qué se llenó tu caja?

—Descubrí lo que ya me cubre. Yo no decido, se decide por mi. Y entonces no elegí nada porque me di cuenta que no sabía cómo hacerlo con acierto. La caja se llenó de nada, y fue la nada quien me enseñó. 

—¿Y qué resultó de ello? —preguntó finalmente el maestro. 

—No tengo que buscar quién soy. Ya soy. No tengo que aprender pues ¿qué puede aprender lo que ya es completo?  Yo soy el espacio de la caja. Y si lleno ese espacio con lo que creo que debe ser, ello ocupa quien soy. 

El maestro miró las caras de sus alumnos. Los dos primeros no entendían. El tercero, solo confiaba. 

Entonces, dijo. 

—Cuando creemos que podemos decidir con  qué llenamos nuestro espacio en la caja, es decir quiénes somos o qué necesitamos, ello termina por controlarnos —dijo mirando el carrito a la espalda del discípulo—. Y entonces,—continuó explicando—terminamos viviendo para y por eso— finalizó, por último, mirando al propietario del asno. 


Lo que no es, tenemos que incorporarlo. 

Lo que ya es, lo que siempre fue, solo requiere un hueco donde asentarse. 

miércoles, 16 de octubre de 2024

Vacuidad


Maestro ¿Qué es vacuidad?

Imagina tu vida. Desde el nacimiento hasta tu muerte.

Sí. 

¿Ves el cambio que has sufrido desde el momento que viniste hasta el punto en que acabaste y te fuiste?

Sí. 

Cambiaste mucho ¿verdad?

Sí. 

Este instante en que conversamos es parte del camino que has resumido. Este es un momento entre tu nacimiento y tu partida. 

Sí. 

Dime ¿Quién eres entre todo el cambio sucedido entre tu nacimiento y el momento en que dejas de respirar? Cuál, de entre todos los momentos, eres tú. 

¿Todos?

Pero si eres todos los momentos ¿Qué ocurre si mueres ahora?

Pues he sido todos hasta ahora. 

¿Y si hubieras muerto en el momento justo antes del parto?

Pues…

¿Quién, entre todos, eres?

No puedes ser algo o alguien que cambia. No puedes ser algo o alguien que deja de ser. El tú que percibes como físico, que es el que cambia, parece que viene y que se va…, es vacuidad.



domingo, 6 de octubre de 2024

Sombras

 Peter estaba harto y eso fue lo que le llevó a hablar con un claro tinte de enfado.

—Esto no va a continuar más —le dijo a su sombra—, de aquí en adelante harás lo que te corresponde, o si no…

Peter se interrumpió al ver a su sombra volver la cabeza. Como si no le prestara atención. Un desplante chulesco que terminó de enervarlo.

—¡Te haré desaparecer!

La sombra río a carcajadas que no se oyeron, pero aun así se veían estridentes.

—Tú te lo has buscado —pensó Peter. Y metiendo la mano en su faltriquera sacó una linterna.

La sombra se llevó la mano a la boca espantada y empezó a negar con la cabeza ostensiblemente. Incluso se puso de rodillas juntando las manos en un lamento tardío. Peter encendió la luz y la sombra desapareció.

No eres nada — susurró. Y diciendo esto abandonó la oscuridad para siempre.


domingo, 29 de septiembre de 2024

El bosque

 


Maestro ¿Qué es la mente?

La mente es la suma de pensamientos que conecta el Todo y a todos, desde donde surge lo que Es y lo que no es, y su extensión abarca desde la ausencia de principio hasta un no final. La mente es…, como un bosque.

¿Un bosque, maestro?

Verás. 

Con cada creencia que adoptamos, se planta un árbol en el firmamento. En este bosque hay árboles de todos los tipos, los hay que creen que son mejores que algunos, y plantan árboles frondosos, los hay que piensan que son peores que otros y plantan árboles pequeños y retorcidos. Los hay de todos los colores, tamaños y formas. Y se corresponden con creer que somos culpables, carentes, especiales, únicos, solos, o cualquier ilusión a la que otorgamos realidad.

Pero en este bosque hay un árbol que es distinto a los demás. Indistinguible entre todos. Parece uno más. Pero si un incendio arrasara el bosque, este árbol no se quemaría pues fue plantado invulnerable. Si la sequía menguara, por falta de agua, el crecimiento del bosque o, por el contrario, un periodo de bonanza multiplicara la grandiosidad de cada árbol, del que hablamos ni achicaría, ni ensancharía pues fue plantado inmutable. Y cuando los eones de tiempo hagan que el bosque sea heredado por los hijos de los hijos de los hijos de aquellos primeros árboles, el señalado será el de siempre pues fue plantado eterno.

Ese árbol es distinto pues fue sembrado por la verdad. Y la verdad es lo que es, no es una creencia. 

La mente es todo: el Yo Soy y el yo creo. 

Y el que busca la verdad entre las ilusiones de las creencias, busca algo que recuerda. Apenas un susurro perdido en el tiempo. Busca eso que siempre fue y que siempre será.

Busca ese árbol.

Te buscas a Ti porque Tú eres ese árbol.






jueves, 18 de julio de 2024

El té



¿Qué hace el té con el agua? Hubo varias respuestas entre el entusiasmo de los alumnos: ¡La mancha! ¡le da sabor!! la colorea! 

 Bien, bien —comentó el maestro satisfecho por la participación de los pequeños. Era su primer año y sin embargo ya estaban volcados en el aprendizaje. La motivación era adecuada y eso hablaba bien de él mismo. La enseñanza era un balance entre dar y recibir. Tanto entregas, tanto recobras. 

Entonces —continuó el maestro— ¿el té le da o le quita al agua? 

Los alumnos quedaron pensativos. Si se les observaba con atención, y el maestro lo hacía continuamente, podías leer la lucha que sus cabezas mantenían por dilucidar la cuestión. Sus mentes trabajaban como les habían enseñado: “Pensar es como cavar un hoyo. Hincas la pala y sale tierra, la vuelves a hincar y salen gusanos y raíces, repites y puede que encuentres un tesoro. No te conformes con la tierra. Cava un poco más.” 

El maestro sirvió té en una taza. Lo hizo de manera pausada, prestando atención a cada uno de los movimientos: coger la tetera, una servilleta para acompañar al envase, girarlo lentamente hasta enfrentar la taza, inclinar, verter, limpiar… 

El té ni quita ni otorga —se oyó en la sala. 

El maestro no tuvo que alzar la mirada para saber quién contestaba. Era Sushumi, la menor de sus alumnos. La más inteligente. 

Explícate, niña —invitó el maestro. 

El recuerdo del té es el agua, y si el agua hubiera sido un maestro en el arte del adivinar, hubiera visto su futuro como té. El té es aquí y ahora. Y aquí y ahora no hay agua. Hay té. 

El maestro asintió y como señal de respeto, ofreció té a Sushumi.

lunes, 15 de abril de 2024

Libre


 Dime, ¿qué es la libertad?

Elegir. 

Bien, ¿y cuando eliges, qué conlleva?

Responsabilidad. Tú has elegido. 

Bien, ¿y qué más?

Duda, ¿habré elegido bien?

¿Y cómo saberlo?

Por cómo te sientes. Por cómo te hará sentir. Por cómo terminarás sintiendo. 

Bien. Y dime: si el resultado no te gusta ¿qué podemos hacer?

Bueno, supongo que seguimos siendo libres, podemos elegir de nuevo. 

¿Y qué harás con lo viejo?

Agradecer. Por haberme mostrado mi error. 


viernes, 29 de marzo de 2024

Alguien

 


Crees que eres alguien. Padre de, hermana de, hija de, sin dios, con dificultad para, con facilidad de…

Alguien se enamora, se desenamora. Alguien tiene juguetes que desecha en pos de otras cosas. Alguien va cambiando. 

Si te preguntan: ¿Quién es alguien?

Te definirás con lo que crees que te define. Con los elementos de afuera. Eres hija, madre, con un techo en un lugar y esta afición. Pero eso no eres. Eso son cosas para ti reales, que crees que existen y las adhieres a ti, como hacen los cangrejos ermitaños con los elementos que decoran sus conchas. Y te cuentas que como todo ello es real, tú también debes serlo. 

Pero todo ello es afuera. Tú no puedes ser afuera. 

¿Quieres saber quién es alguien?

Alguien es lo que refleja afuera. Pues como es adentro, es afuera. 

Detente. 

Mira los conflictos que te acosan, las actitudes que te molestan, los miedos de los que huyes, la culpa que intentas distraer. Mira lo que crees que te hace el mundo. Sin excepciones. 

No es el mundo. Es tu reflejo. 

Ello es alguien. 


viernes, 21 de abril de 2023

El cuento del olivo (finalista en el certamen MQC)

 

Fue padre quien lo propuso en una noche cualquiera. Me acuerdo como si hubiera pasado ayer mismo y, de eso, hace ya cuarenta años. Yo tenía apenas siete.

                         ¡Vamos a dormir al olivar¡—­­­dijo.

 

Y aún oigo las protestas de mi madre mientras nosotras, ­­­mi hermana y yo,­­­ nos afanábamos en preparar la acampada: un pijama, nuestras muñecas y una caja de cereales sin empezar para el desayuno.

Recuerdo que mi padre, tras montar un campamento con una tienda de campaña y una pequeña hoguera nos abrazó para disipar cualquier temor en la noche oscura del campo. Nosotras nos sentimos reconfortadas inmediatamente.

                     ¿Queréis que os cuente un cuento?

Y fue como si todo desapareciera. Lo extraño de dormir al aire, los ruidos del campo, el susurro del miedo. Mi hermana y yo, incluso mi madre, nos apretamos junto a padre hasta formar un solo cuerpo. Creo que nuestras respiraciones se acompasaron y que nuestros latidos coincidieron.

—Esta noche será un cuento especial. —­­­Prometió padre.

                   Casi nadie sabe la razón por la que los olivos crecen retorcidos, como arañando el cielo, pareciendo que claman justicia por algo que sucedió al principio de los tiempos, en una época tan lejana donde no existían las palabras y por ello se borraban los recuerdos. Fue entonces cuando sucedió lo que hoy os cuento.

                  El olivo fue el tercero al que Dios creó primero. Antes fue el álamo y después, ese que llaman el árbol de lo muertos, el ciprés erguido. El que dicen que es el camino a los cielos. El álamo daba sombra y el ciprés, consuelo. Por ello el creador vertió aceite en el olivo para que el mundo tuviera resguardo, esperanza y alimento.

               Y todo iba bien, mientras cada uno iba a su asueto. Pero ocurrió lo que siempre pasa en los cuentos, aunque en este no había bruja malvada ni ogro hambriento, no hubo reyes despojados de su corona ni princesas encerradas en sus encierros, por no haber, no había siquiera amo ni dueño que perpetrara castigos injustos a aldeanos, mozos y plebeyos. Lo que ocurrió es que el olivo se cansó de dar todo su alimento y pidió al ciprés que, a cambio, le enseñara el camino a los cielos, pues quería ofrecer al creador el mejor oro de su aceite más puro e intenso. El ciprés sospechó y fue a contárselo al álamo que tenía fama de ser un árbol sereno. El álamo le advirtió entonces: el olivo te miente, solo quiere lo que guardas en silencio. Y cuando descubra el camino a los cielos, te quedarás sin oficio y él con tu secreto.

Al ciprés se lo llevaban los demonios. Ese maldito olivo, mentiroso y torticero. Despechado viajó esa misma noche a ese que era su lugar secreto, donde las nubes nacen, el sol cuelga y la luna se esconde. Y fue allí entre todos donde un plan se tejió en silencio, pues en los cielos no se habla que es el sitio de la noche y sus misterios.

Ya con todo hecho, el ciprés bajó de los cielos y al encuentro del olivo fue para terminar aquel trato de lo suyo por alimentos. El olivo tras sus palabras pues quedó muy contento y se emplazaron para esa noche donde él, finalmente, dejaría la tierra para volar con el viento, cambiaría zarzas, tomillos y sarmientos por lo que venía a ser un aire ligero. Fue a preparar sus viandas y se puso a parir su mejor presente, un aceite espeso como sangre, con sabor amargo y color verde intenso. Y cuando la noche ya se echaba el ciprés le mostró su secreto, el camino que dejaba la tierra para alcanzar lo desconocido, donde nace la noche, donde van los muertos.

Padre hizo entonces un receso. Avivó las llamas y desató su mochila donde había jamón, croquetas caseras hechas por mi madre y un cuarto de queso. Yo, la verdad, no tenía hambre y si la tenía lo que me faltaba era un hueco en el pescuezo por donde colar las viandas que, entre tanta noche, suspense y aquel montón de muertos, tenía un nudo en el estómago que se me subía por el tronco y se me atrancaba en el cuello. Mi hermana estaba igual, escondida bajo el sobaco de mi madre­­, yo creo que ni respiraba, y entonces me di cuenta que su muñeca había muerto, estrangulada por sus pequeñas manos que la apretaban de tanto miedo.

Padre nos sonrió mientras repartía los alimentos.

­­¿Qué ocurre, no os gusta el cuento? ­­preguntó ya comiendo.

Y ante el silencio que se hizo, él siguió diciendo.

­­¡Bueno, pues lo dejo! Si queréis nos marchamos a dormir y que tengáis dulces sueños.

Yo sabía que no iba a dormir entre tantos olivos sin saber el destino de aquel del cuento. La verdad es que no tenía claro si al final era el olivo el malo, o era el bueno. Y rodeada como estaba de ellos, no daba igual lo uno o lo otro, que no es lo mismo estar jodida que estar jodiendo.

­­Pero, padre ¿Era malo el olivo, o era bueno? ­­pregunté sin poderlo evitar. Que después te llega la muerte sin avisar y no quería que esa duda me acompañara al entierro.

­­El olivo quería prosperar, dejar la tierra, surcar los cielos. Y para eso confió en lo que le fue dado, cambiarlo por medrar, conocer a su creador y vivir sin miedo. Decidme ¿es eso malo, o es bueno?

­­Pero obligó al ciprés a descubrir su secreto. Fue un chantaje sucio. Los buenos no hacen eso. —Protesté yo.

­­Pero el ciprés ya tenía lo suyo, y también el regalo del alimento. Y claro estaba que no protestaba pues el que recibe no gasta ni paga, que es como ahorrar dos veces y si eso no es verdad ¡decidme que miento! ­­Y dicho esto, padre se fue a acostar.

¡Pero, y el cuento! —­­dijo en voz alta mi madre.

¡Eso, eso! ­­continuó mi hermana. Hay que terminar con el cuento, seguro que al final se descubre si era el olivo el malo, o era el bueno.

Y ya con mi hermana debajo del sobaco de mi madre, mi padre tomó de nuevo asiento, y junto a los destellos de la lumbre puso voz fingida, como de miedo.

Llegó el olivo al instante, en un abrir y cerrar los ojos, en un suspiro de mosca y eso que desde la tierra se veía su destino muy allá, muy a lo lejos. Pero el olivo no se sorprendió, ya que pensó que allí donde estaba, no era sitio ni lugar sino más bien como un estar, algo como un sueño que, sin ser, está y eso, aunque no lo hace de carne y hueso, se vive como si lo fuera.

Buscó un camino mientras apretaba el aceite no se le fuera a caer y manchara las nubes por encima, que después se liaba a llover y en lugar de agua pues aceite sería. Y no quería él contaminar, que uno empieza y después no se sabe cómo detenerlo.

Como no encontraba camino en el cielo, probó entonces a gritar, de esa forma que dicen que se hace a los cuatro vientos. Y a los gritos acudieron tres ángeles que, con aspavientos, lo mandaron callar ¡Qué es eso de gritar en los cielos! Los ángeles lo miraron y entre ellos hablaron…

­­Este debe ser el que nos dijeron.

­­Sí ­­dijo otro. Debe ser el nuevo.

­­¿Eres ese a quien llaman olivo? ­­preguntó el tercero.

El olivo asintió, sin saber cómo, de pronto la voz no le recorría el cuerpo. Quizás ­­pensó­­, una magia de las de verdad le había borrado ese entendimiento.

­­No intentes hablar. En nuestra presencia no puedes hacerlo.

­­Como tampoco podrás regresar.

­­A no ser que quieras jugar. Y antes que te revienten las ramas por no poder preguntar, te diré lo que quieres escuchar: se trata de un juego que no es un juego pues dependiendo del final puedes volver o quedarte como los demás, que este es sitio de muertos.

El olivo se puso a pensar. “Cómo voy a jugar si no puedo hablar. Pero tampoco se quería quedar, no le estaba gustando mucho la compañía y las perspectivas no parecían que fueran a mejorar, si como vecinos le esperaban ánimas, fantasmas y espectros.”

Así que asintió.

­­ ¡Pues vamos a jugar! ­­—dijeron a la vez los ángeles.

Lo que olivo no sabía es que todo era un ardid. Los ángeles le debían una fortuna al ciprés por el porte de incontables muertos que había servido al cielo. Por eso habían accedido a engañar al pobre olivo dejándolo en silencio.

­­El juego es el siguiente. Te plantearemos una cuestión que deberás resolver. Si lo haces podrás volver, pero si yerras permanecerás aquí para siempre.

--¿Qué es lo que no te puedes llevar y, sin embargo, ya lo tienes?

--¡Es la vida! –grité al instante. ¿Pero cómo lo dirá el olivo si no puede hablar? –terminé preguntando.

El olivo cogió el cántaro de aceite que llevaba como presente celestial, y destapado su tapón de jalea real, vertió su contenido hasta donde su impulso fue capaz de alcanzar. El verde oliva manchó el campo blanco y surgieron horizontes surcados por ríos de aceite, y desgajando una rama de su vuelo, el olivo plantó un esqueje en una nube, con siete hojas de plumero, y a la vista de ángeles y cielo, la rama se convirtió en árbol, y este fue su mérito.

Los ángeles lo dieron por bueno.

--Puedes pasar –dijeron. Y un camino apareció entre nubes que el olivo recorrió, para encontrar en su mismo final, un trono celestial, digno de un Dios o, por lo menos, similar.

Un niño apareció. Uno muy normal. De aspecto usual, os digo. Y el olivo se percató que ya aceite no llevaba, el regalo se esfumó. Así que, por no poder hablar, estiró sus ramas hasta que rallaron el cielo, tronchando el tronco hasta partirse los huesos, quedando retorcido y amargo, como el aceite bueno, el que mancha el cielo de la boca y se graba en el paladar, allí donde termina el pescuezo.

Y ese es el motivo de que los olivos retuerzan el tronco y arañen los cielos –terminó mi padre el cuento.

Y yo, cada vez que lo recuerdo, añoro el campo y recuerdo el viento. La noche estrellada, la mano estrechada, la piel de mi madre, el principio del cuento. La luz apagada y el susurro del cielo.

 

domingo, 12 de marzo de 2023

El masturbador de mujeres II

 

Mario Cadonacci era muy diligente, y enseguida supo ver el potencial de la situación. La alcaldesa sería su pica en Flandes, así que habría que esmerarse. Y lo haría.

Ágata lo miró desafiante.

—¿Dónde hay que subirse? —Ágata se encarama a la silla de ginecólogo— Ah!, sí...y pongo las piernas abiertas, ¿no?  —el ligero vestido deja a la vista unas bragas que, a pesar de ser de faja ancha, dejan al descubierto una alfombra peluda que parece un gato.

—Santo Dios!, eso podría ser un inconveniente —dice Mario en voz alta cuando su vista se detiene en aquella especie de bosque amazónico— habrá que afeitar.

—¿Cómo?

—Sí, verá. —Mario puso cara de profesor- si le afeito y dejo suaves las ingles dejando limpio el coño de polvo y paja, las sensaciones se multiplicarán por mil. Habrá que aplicar un poco de aceite tras el afeitado. Si me lo permite, yo lo haré y después le daré una vuelta en la rueda .

Un buen montón de pelos yace bajo la entrepierna afeitada de Ágata, la piel está al rojo vivo, no se la puede tocar, hiere cuando se roza. Mario vierte abundante crema en sus manos y directamente en el vientre de la mujer que se contrae al contacto y se escurre sobre sus pringosos dedos patinando en el cuerpo de ella, se acompañan en un baile lascivo empujándose y dejándose acariciar.

Ágata se deja untar la entrepierna con parsimonia, la excitación se junta con el primer dolor y explotan. Gana el placer, y la mujer abre los ojos pidiendo más. Todo chorrea y se desliza babeando indecentemente.

—Es el momento alcaldesa —Mario retira sus manos y atrae hacia sí el cuerpo de ella— le presentaré a la rueda.

—Mmmmppf! —acierta a mascullar Ágata.

—¿Perdón?

—¡Nada...nada...! vamos a la rueda esa!

Mario está sereno y tranquilo mientras sujeta las muñecas de Ágata a unas argollas forradas con espuma, va dándole instrucciones a la mujer mientras regula los apoyos de los pies a la medida de la clienta —es importante que no saque los pies, puede moverse, pero sin sacar los pies— Ágata dice a todo que sí, aunque en realidad no oye nada, está poseída por la urgencia de un orgasmo a medio llegar.

—Ahora pondré la máquina en marcha.

—Sí.

—Es posible que oiga chirriar el mecanismo, es normal, no se distraiga por eso.

—Sí.

—Cuando esté satisfecha yo lo notaré y pararé la rueda, si quiere parar antes diga “pare”.

—Sí.

—¿Lo ha entendido todo?

—¡QUE SÍ…!

La máquina empieza a girar lentamente, Mario la va acercando con movimientos precisos hasta que está a punto de tocar el cuerpo ansioso de la alcaldesa. Se detiene, echa un último vistazo y comprueba que está todo en orden. Pero no lo está.

La alcaldesa ha sacado los pies, y está colgada de las muñecas intentando acercar la pelvis a esa máquina que no la toca, la lengua fuera, los ojos desorbitados, la cara compungida por el esfuerzo.

—¡Pero Ágata! —Mario se dirige a ella y vuelve a colocarla adecuadamente—¡le dije que no se moviera! Podría ocurrir un accidente y eso sería nefasto para los dos.

—Te voy a matar — la expresión de la cara de Ágata deja claro que no es en absoluto una bravata—. Como no me enchufes las plumas ¡ahora!, juro que te mato de la muerte más horrible que puedas imaginar.

—Tiene que intentar relajarse alcaldesa —Mario teme por su pica en Flandes— tenga en cuenta que aquí se viene a disfrutar y esa actitud…

—¡Que me la enchufes, COÑO!.

 

Una pluma le toca el vientre, y después otra y otra…, cada vez más seguido, las plumas son largas, ligeras ,en punta…, de pronto la rueda se para y empieza a girar a contrapelo, la velocidad aumenta y es distinto- Ágata se arquea, y las argollas se le clavan en las muñecas a pesar del forrado-,  la rueda baja y se acerca a la entrepierna que gotea y tiembla al sentir el vientecillo previo al primer contacto…, apenas las puntas empiezan a sucederse rozando la superficie de los labios rosados de la señora alcaldesa , es demasiado para el ansioso cuerpo de hembra y se oye.

—¡Ahhhh!— ¡AAAAAAHHHHHHHHHH! … ¡AHHHHHHHHHHHHH!..

La alcaldesa inspira y contrae el abdomen intentando huir de las plumas que pugnan por volver a alcanzarla – no..nnoo..nooo,…. ¡Ahhh!...!ahhh!

La segunda corrida la pilla desprevenida.

—¡ AAAAAAAAHHHHHHHHHHH!

—Ya!..ya!..vale!..VALE! —Ágata suplica mientras las plumas siguen girando-—¡Aggg!..!por favooorrr...ya!..

—¿Quiere decir que pare? —Mario duda, las plumas giran… —no ha dicho la palabra correcta Ágata, por favor, dígala para que sepa que…

—¡PARE!

— Correcto. —Mario detiene la máquina bloqueándola con un pasador de hierro y una pluma se queda a un milímetro del coño de Ágata, mirándola como si fuera el mismísimo diablo.

Mario escribe un libro basado en las mujeres que pasan por sus maquinas, de la alcaldesa hizo la siguiente anotación. “La pasión se guarda en la espera”.

Ya se extendería más tarde.

martes, 14 de febrero de 2023

El masturbador de mujeres I

 

I.

Llegó en un carromato tirado por dos cansinos caballos de encías viejas y podridas; el carromato era doble y tenía lonas que se apoyaban en medios arcos de cimbra metálicos dándole una considerable altura. El conjunto  se movía pesado atravesando el pequeño pueblo de Llanes (Asturias), dirigiéndose hacia las afueras, hacia el rio.

Corría el año 1937, y el luto vestía a las únicas habitantes de la pedanía. Maridos, hijos y hermanos habían sido devorados por la guerra. Sólo quedaban ellas.

Mario Cadonacci era italiano. Pero sobre todo era un profesional. Una vez en las afueras del pueblo se detuvo junto al rio, desató a las bestias que abrevaron y comieron pasto a su orilla. Se metió en el segundo vagón por un hueco de la lona que batió,  haciendo que  el polvo del camino se desprendiera de sus solapas. Trasteó en su interior y salió con un martillo en una mano, y un cartel en la otra. Contó cien pasos, y clavó el cartel.

“ Masturbador de mujeres”

Después echó un vistazo al pueblo que acababa de atravesar, y se dispuso a descargar el carromato.

Los artilugios que del carruaje descendían eran invención suya, toda una carrera en la investigación para conseguir un único fin: el placer de la mujer. Y, sin entrar en falsas modestias, él pensaba que lo había conseguido. Los inventos no eran sino la mecanización de una habilidad, adquirida por supuesto,  que profundizaba en los más íntimos recovecos del sexo femenino. Descubrir los deseos ocultos de sus clientes era la otra cara de una moneda que la hacían, como recién acuñada, irresistible.

Aparato 1 : La rueda.

La rueda era un instrumento travieso y nervioso, no apto para todos los públicos. Requería de clientas avezadas en busca de redescubrir la intensidad de los primeros orgasmos. También de casos medios de anorgasmia, así como ninfomanía en general.

Un timón de barco sobre un bastidor al que se había rematado con cuatro ruedines para su manejo, se ensamblaba a un potro de ginecólogo donde las clientas se abrían de piernas ante él. Cada uno de los asideros del timón estaba rematado con una gruesa pluma de ganso. El timón era dirigido con habilidad por Mario. Primero lentamente, dejando que las plumas recorrieran el vientre de las damas dirigiéndose como en un torbellino sinuoso hacía la entrepierna que se levantaba al sentir los continuos embates plumíferos.

Aparato 2 : La fuente.

La fuente era un ingenio hidráulico a base de tuberías que, de forma estudiada, disminuían su diámetro progresivamente hasta acabar en cuatro chorros finísimos, por los que salía el agua a una presión regulable a voluntad, de manera sencilla, con sólo abrir y cerrar el grifo que alimentaba a la primera tubería. 

Sentadas en un asiento hueco las damas se posicionaban aleccionadas por Mario, un pequeño bastidor el final de las tuberías situado inmediatamente debajo del asiento, sujetaba los chorritos que lanzaban pelos de agua.

La variabilidad en la velocidad de los chorritos hacía indicado el invento para toda clase de públicos. 

Aparato 3 : el pedal

El pedal eran palabras mayores. Sólo apto para mujeres con parto normal y a ser posible, más de uno. Y es que el tamaño importa.

Mario aprendió eso en los inicios de su carrera.

El pedal era un sistema de poleas que acababa en un pedal que la usuaria, es decir la corredora, accionaba a voluntad manejando un enorme consolador convenientemente apuntado.

Definamos enorme: Muy grande. Y negro.

Vale.

Abstenerse vírgenes.

 

La alcaldesa de Llanes decidió ir a investigar. Por el bien del pueblo.

Ágata, se dirigió hacia el campamento del masturbador con más curiosidad que otra cosa. Bueno,  sí.  Era un hombre,  y hacía mucho tiempo que no veía ninguno. Doce meses.

Ágata tenía un cuerpo menudo pero bien formado, tetas de serranía, caderas de paridora, y ansia de hortelana.  De falda fácil, que se decía.

-         Buenas tardes, soy la alcaldesa del pueblo de Llanes me llamo Ágata- tendió la mano- y vengo a averiguar lo que vende. ¡Esto que es! - señalaba el pedal- pero si parece…

-         Una polla. Una enorme y negra polla.- Mario tenía las manos hacia atrás y miraba por encima de sus lentes que le caían sobre la nariz- Sí.

-         ¿Y aquello?- dijo señalando a la rueda- ¿para qué sirven las plumas?

-         Si quiere..., le hago una demostración.

(continuará)

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