La verdad se empieza a entender cuando comprendemos que este mundo es efecto y no causa. El tiempo solo tiene sentido en un mundo donde las cosas cambian o terminan, pero si no existe el tiempo, entonces tampoco existe el mundo donde tiene sentido: este mundo.
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sábado, 3 de octubre de 2020
Agogé
Se llevan a un niño que mira hacia atrás buscando a su madre que se abraza al dintel de la puerta para forzarse a no salir en busca del pequeño. (voz en off) A los siete años, los niños espartanos son separados de sus madres. Es la agogé, la ley espartana.
Un muchacho descarga furiosos golpes sobre otro. Su rostro no refleja temor o duda. Es lo que tiene que hacer.
…
Sonó el timbre y su cuerpo tembló al ritmo de cada campanada. El anhelo que fue ese mismo sonido en otro tiempo, se convirtió en un disparo de salida a una carrera hacia el desastre. O, quizás más a propósito, la campana de un asalto en un combate de boxeo. Sabía que lo esperarían en el patio. Gerges y los demás se lo habían avisado de forma clara en la fila de la mañana, la que formaban para entrar en clase.
—Te esperamos en el patio. Hoy vas a merendar tierra —oyó a su espalda. No se volvió, no le hacía falta. Sabía que era Gerges, el matón del colegio.
Desde ese momento intentó pensar qué hacer. Se le pasó por la cabeza contárselo al jefe de estudios pero desechó rápidamente la idea. No se podía chivar. Eso sería un suicidio. Estaba atrapado y tendría que pelear. Ellos eran cinco. No podía pelear contra los cinco a la vez, lo iban a machacar. Tendría que pensar en algo y mejor que fuera bueno.
Salió del aula hacia el pasillo que llevaba al patio. Agachó la cabeza para ser engullido por la montonera y volverse invisible. Al pasar por el aseo se escurrió en su interior. Sabía que lo buscarían al no verlo en el patio. Primero irían al aula, después a los aseos. Tenía cinco minutos, no más. Después se fijó en el pestillo de la puerta. Tuvo el impulso de echarlo y adelantó el cuerpo para hacerlo. Fue cuando, a cámara lenta, se contempló pasando el resto de sus recreos encerrado en el baño, imaginó cada uno de los temblores de su cuerpo bailando al son del timbre del colegio, su vida sería un gigantesco juego de escondite donde él, era el único que la llevaba. No cerró el pestillo.
Los oye llegar por el ruido que forman y por los gritos que pegan. Gritan su nombre junto a varios insultos no muy creativos. Espera.
—Vosotros mirad en el de chicos, nosotros iremos al de chicas por si ese marica está allí escondido. El que lo vea, que avise.
Escondido tras la puerta del baño ve a Gerges pasar con un pelota gilipollas que es su sombra. Ambos van hasta el fondo mirando en cada uno de los cubículos de los excusados. Al no encontrarlo se dan la vuelta.
—Tiene que estar en el de las chicas. Vamos con los otros —dice Gerges al pelota. Este obedece y, como si fuera un disparo, sale corriendo del aseo. Cuando rebasa la puerta, esta se cierra empujada por una mano que echa el pestillo. Entonces se vuelve.
—Así que estás aquí, marica —dice Gerges con los dientes apretados. Su mirada se dirige a la cerrada puerta. Está algo confundido. Su rostro dice que no entiende lo de la puerta.
—Sí. Estoy aquí, contigo. Estamos los dos aquí, solos. Marica.
…
La sangre corre por la cara y se escurre rápidamente abandonando el cuerpo. La culpa es de un corte en el labio que se ha rajado al chocar contra un diente, pero no hay dolor. No hay tiempo para eso ahora. Después, si hay uno, lo coserán y lo alimentarán, se habrá ganado el derecho a ello. Y entonces, solo entonces podrá mirar al miedo desde arriba, haciéndole girar el pescuezo, para que le muestre su garganta y él pueda cortarla de un tajo certero.
viernes, 25 de septiembre de 2020
Sabor de amor
Y allí estaba yo de nuevo. Frente al puesto de helados de un pueblo perdido entre olivares monótonos y eternos, uno con un cine de verano, una panadería que estaba siempre abierta y una iglesia con campanario. Pero a mí solo me interesaba el puesto de helados. En concreto, la heladera. La heladera era como me refería a la chica que gobernaba el puesto de helados cuando hablaba de ella a mi perra, única compañía en aquellos veranos confinado por mis malas notas en un cortijo que mi padre había comprado, no sé si pensando en su jubilación o con premeditada intención de construir un campo de concentración para hacerme entender que los actos traen consecuencias. Pero en ese momento mi cabeza no estaba en disquisiciones. Yo estaba concentrado en la pizarra donde se ofrecían los helados disponibles. Mi perra, a mi lado con la lengua fuera.
Todas las mañanas recorría entre arroyos los dos kilómetros que separaban el cortijo del pueblo. Iba al ultramarino, después a la panadería y al volver me paraba a comprar huevos que podías coger, si te apetecía, directamente del gallinero. Las monedas que sisaba de los recados nunca me fueron reclamadas, quizás por considerar ya suficiente castigo por parte de mi madre, tesorera y directora económica de la familia, el verme prácticamente en presidio en aquella juventud temprana.
La cuestión es que yo dedicaba el reparto de la sisa a varios menesteres que iban variando con la sola excepción del helado, que como el sol en la mañana, ocurría a pesar de los pesares.
La elección del helado era fundamental. Había que descartar los de chocolate y los que salían anunciados en la tele. Esos estaban siempre los primeros en el congelador. Mi heladera los cogía tan rápido como desenfundara, en sus mejores tiempos, el mismísimo doc Holliday. Así que había que pensar en el helado que menos apeteciera, ese que acababa en el fondo del congelador e ignorado para siempre.
— ¿Tienes el de sandía? —preguntaba yo, por ejemplo.
— ¿El de sandía? —contestaba ella invariablemente. —No sé, tendré que mirar.
Y entonces empezaba el espectáculo. Aquel vestido con escote palabra de honor, ligero como el mismo aire, ceñido como un nombre y revelador como el mejor maestro, se separaba lo bastante mientras mi heladera, agachada sobre el arcón, buscaba y rebuscaba aquel helado escondido. Esas montañas invertidas que eran sus pechos, perfectos a mi entender, que no era mucho, adquirían vida propia. Ahora a la izquierda, ahora a la contra, confiriendo a sus encantos el plus de ser capaces de hipnotizar hasta que la baba se escurría por tu cuello. El éxtasis llegaba de dos maneras. Uno se producía si lograba encontrar el helado, pues cuando ocurría, siempre daba un último embate al cogerlo, agachándose un poquito más, dejando ver carne que siempre era de deseo, de piel tersa y desnuda, un poco de pecado entre tanta inocencia suelta.
Si por el caso, que ocurrir pasaba, no encontraba el helado daban ganas de abrazarla ante su frustración sincera.
—No, no me queda.
Y entonces cambiaba de pie, acariciaba a mi perra y contestaba.
— ¿Y de plátano?
sábado, 12 de septiembre de 2020
Epitafio
No puedo sino sorprenderme de la facilidad con que cayó ese muro, esa pared que creía sólida como el ladrillo doble. Tanto tiempo conmigo que hasta le había puesto nombre. Lo llamaba: mañana. Y cuando aquella urgencia me sobrevino, se derrumbó el muro que descubrí frágil como las pestañas del tiempo, sintiéndome desnudo, apenas vestido con los jirones gastados de mi soledad. Y todo se convirtió en carne viva.
Y sin un mañana que me protegiera, observé las llamas de la vida. Aquellas que quemaron primero mi inocencia cuando aquel conductor de autobús de la escuela se negó a llevarme a casa, enfadado por unas risas de chaval. Abandonado en mitad de la vida, no supe ni escoger entre izquierda y derecha, así que me eché a llorar. Y no importa lo que pasó después como no importan los finales de los cuentos malos, pues nadie los termina. Sí recuerdo la herida, de terror absoluto, taladrandome hasta las entrañas. Formando una cicatriz de miedo sobre un alma, digamos, recién estrenada. Y después de eso ya nada fue lo mismo. Ni el olor de los libros, ni la mantequilla, ni las heridas en las rodillas o las siestas de verano.
También me quemé el corazón. Fue solo una vez. Creo que partir de entonces empecé a quemarlos yo. Y es que aquella vez me achicharré. Cómo lo explico. Sí. Choqué de frente con la indiferencia de una mujer. Juro que no la vi. Estaba deslumbrado por su sol.
Entonces empecé a tenerlas con el pecado, y mi conciencia no paraba de importunarme. Parece mentira, conociéndome como me conoce. Y pensando que tenía un amigo se comportaba como un guardia urbano. Todo estaba prohibido. Mi prima, el tabaco, la bebida, las drogas, otra vez mi prima. No había forma. Si tengo que elegir un enemigo grande, sin duda me elijo a mí. Sobre todo, por no dejarme. Ya sabéis. Cruzar ríos en invierno, alcanzar las montañas, volar sin necesidad de la mediación de un sueño y osar enfrentar el instante como si no existiera el mañana. Vencer ese miedo. El de siempre. Que te mata sin llegar a matarte.
Y después están los fuegos de la chimenea, a los que te acercas con un vaso de vino, enseñas tus manos frías y él te las calienta. Está el cariño recogido, el entregado, quizás todas las conversaciones sinceras. Están las faldillas de una mesa camilla, que guardan el calor que necesitas cuando hace tanto frío afuera. Las lágrimas de aquellas risas. Que te llamen papá, y a ti te suene como un título de doctor en física astronómica. O la piel de tu compañera. Esa que te recoge después de batallar el amor y donde puedes morirte, si es preciso.
Y puestos a resumir una vida entera. Diré que fue mejor, siempre, dar que recibir, reír que llorar, decir la verdad. Es mejor, siempre, arriesgarse. Sentir el vértigo del quizás mientras caminas por un alambre. Sonreír cuanto toca volver a empezar. Entender el regalo que es cada respiración, el segundo de después, la emoción de emocionarte. Y escribir en mi cabeza cada cosa, cada lugar, cada momento, instante a instante. Por si tengo que hacer un relato. Corto. Que lo bueno, cuando es breve, ya se sabe.
sábado, 22 de agosto de 2020
La decisión de Clara
Querida Annetta:
Espero que estés bien al recibo de la presente y que la pulmonía de tu madre por fin haya remitido. Rezo todos los días por ella, por favor, házselo saber. Lamento no tener por mi parte buenas noticias. Doy, sin embargo, gracias a Dios por tener una persona con quien compartir los sinsabores que te da la vida. No tengo dudas que todo sería más amargo sin tus oídos que me escuchan y tus palabras que me consuelan.
Finalmente ha sucedido. La nueva esposa de mi primo, esa arpía venida a más que hasta no hace mucho me llamaba amiga y compartíamos cuarto, amante y desgracias tiene la culpa de todo. Sé que tiene miedo al deseo de mi primo por mí y, ahora que se ha quedado embarazada, piensa que cuando se convierta en una vaca gorda y fofa, mi primo volverá sus ojos hacia mí de nuevo. También rezo porque eso suceda.
Por favor, escríbeme pronto a la dirección de mi madre. Sin el trabajo en casa de mi primo he de volver con ella si quiero subsistir.
Afectuosa, Clara.
…
Querida Annetta:
Sentí mucho la muerte de tu madre. Pero estoy segura que ahora descansa junto a Dios Padre y es más feliz que en este valle de lágrimas que nos ha tocado vivir. Sé que no te va a gustar pero mantengo correspondencia con mi primo. Sí, ya sé que es pecado haber tenido relaciones carnales con él pero, sin embargo, yo creo que Dios de alguna manera lo aprueba, si no ¿por qué me siento tan atraída por él? Creo que si Dios reprobara nuestra relación me habría quitado el deseo hacia su persona. ¿No te parece?
Por favor, no me pidas de nuevo que lo olvide.
Siempre tuya, Clara.
…
Querida Annetta:
Estoy feliz de saber que estás prometida con Hugo, y por supuesto que, si puedo, asistiré a tu boda. No me la perdería por nada.
Se ve que la felicidad se contagia. Yo también tengo muy buenas noticias. Sí. Seguro que ya lo has adivinado. Mi primo me ha pedido que vuelva. Su mujer ha enfermado y no hay perspectivas de que mejore. Se siente solo y sus cartas son más tiernas que nunca. No sé qué hacer y necesito tu consejo. Por una parte creo que debería resistirme y permitir que la distancia nos siga separando. Pero por otro lado, yo no he conseguido olvidar nuestra relación y deseo, más que cualquier cosa en este mundo, estar a su lado.
En espera de tus siempre sabios consejos,
Te quiere, Clara
…
Querida Annetta:
Sé que al recibo de la presente estarás a punto de dar a luz a tu segundo hijo. Deseo que sea varón y que nazca rosado y saludable. Por favor, dale un abrazo a Hugo de mi parte.
Soy feliz, Annetta. Por fin ha sucedido. Mi primo y yo nos hemos casado. Ha sido una ceremonia sin público ni celebración, por eso no has recibido invitación de boda pero yo estoy viviendo la época más dichosa de mi vida. Sé que te alegrarás por mí aunque nunca hayas aprobado nuestra relación. Estoy convencida de que hago bien. Algo me dice que es lo correcto y que mi vida, por fin, adquiere su verdadero propósito.
Mi primo ha decidido cambiarse el apellido. Yo creo que es para disimular y que nadie nos pueda relacionar. A mí me da igual.
Estoy deseando darle un hijo.
Siempre tuya, Clara Hitler.
viernes, 14 de agosto de 2020
La fiesta
Me levanté
temprano para recoger. Mis padres llegarían por la tarde, así que tenía tiempo
de sobra para dejar la casa presentable y de esa manera no perder la confianza
que, unas veces por unas cosas y otras por otra, estaba siempre pendiente de un
hilo. Me esmeraría. Así que había que organizarse. Empezaría por el salón,
después la cocina y dejaría los dormitorios en último lugar.
Eché una
ojeada al salón. Una gran mancha sobre la alfombra me hizo torcer el gesto,
esto no empezaba bien. Me agaché y toqué con el dedo, después me lo acerqué a
la nariz. No me quedó claro, así que me chupé el dedo. Estaba bueno. Era algo
dulce que me recordó vagamente al jarabe de fresa que tomaba de pequeño cuando
enfermaba. Recuerdo que estaba tan bueno que una vez cogí el frasco de lo alto
del frigorífico y me bebí la mitad de un trago. Después le eché agua del grifo.
Me preocupé un poco por si me moría, pero se me pasó enseguida. De pequeño era
un inconsciente. La mancha podía ser de grosella, así que eché un poco de quitamanchas
y lo dejé haciendo espuma. Grosella, seguro que era cosa de la loca esa que
había traído Mauricio, cómo se llamaba…, era algo como triste, no me acuerdo.
Me da por culo no acordarme, joder. Sí, hombre, esa de la trenza…!Soledad! Eso
es. Y la tomaba con vodka, ya me acuerdo. Por cierto, lo que no recuerdo es
quien trajo el vodka. —No me jodas—. Me acerco al mueble donde, en una vitrina
cerrada con llave, guarda mi viejo las bebidas. Pego la nariz a la vitrina y
veo una solitaria botella. Grito. Cabrones sinvergüenzas, mira que lo dije,
aquí ni acercarse, lo dije, esto ha sido cosa de Pablo, si es que se pone a
beber y no controla. Ahora verás, será cerdo, dónde está el teléfono…
— ¿Sí,
quién es? —contesta Pablo después de un rato.
—Soy yo. ¿Tú
te has bebido lo de mi padre?
— ¡Ah, tío!
¡Qué fiesta más cojonuda ayer!
—Que si te
has bebido la priva de mi viejo, te digo.
No se oye
nada al otro lado de la línea.
—¡Pablo!
—Pues no me
acuerdo.
— ¿Que no
te ac... —empieza a decir con la voz en un tono cada vez más intenso.
—No grites,
tío. Tengo la cabeza que se me va del cuerpo, por favor. Tranquilo. A ver, ¿qué
ha pasado?
—Pues que
os habéis bebido el bar de mi padre y a ver qué hago yo ahora. Vienen para la
tarde, así que si queréis otra fiesta, más vale que me digas qué hacemos.
—Qué
marrón.
—El que yo
tengo, quieres decir ¿no?
—Mira, no
te preocupes. Vamos a hacer esto. Tú dime qué tenía tu padre en el bar y yo
llamo a los demás y les digo que cojan de sus casas algo cada uno. Te las
llevamos antes de que llegue tu viejo y las metemos en el bar. Venga, ¿qué
tenía?
—Joder
pues…vodka…, no sé.
—Coño, pues
busca las botellas. Estarán tiradas por ahí. ¡Pero si las encuentras no las
tires!, así las podemos rellenar con lo que sea.
Parecía un
buen plan.
—Vale, voy
a buscarlas. Tú llama a los demás y nos vemos en un rato aquí.
…
David, tu
padre te llama. Baja.
Un sudor
frío me recorre el cuerpo mientras bajo las escaleras hacia el salón. Pienso en
el bar, por supuesto. El resto de la casa ha quedado más que aceptable, incluso
la alfombra. La mancha salió perfectamente y, por si las moscas, la giré para
que la zona limpiada estuviera donde empezaban las cortinas. Así se veía menos.
Encontré botellas por todas partes, pero no sabía exactamente cuáles estaban en
el bar y cuáles no. Así que tuve que tomar decisiones. Veríamos.
— ¿Me
llamabas, viejo?
—Sí, David.
A ver, dime qué es esto.
—Una
botella.
— ¡Oh,
excelente! Tu madre y yo estamos tan satisfechos de la educación que te hemos
dado que lloramos de emoción cuando vemos los frutos recogidos. ¡Una botella!
Míralo, lo ha dicho él solito. ¡Sandra! —Grita el padre mientras sigue
sujetando la botella con la mano— ¡tráete la video que esto tenemos que
inmortalizarlo!
—Para ya,
papá. Es una botella de whiskey.
—Mejor. Y
dime David. ¿De qué color es el whiskey?
—Bueno,
pues…, no sé. ¿No depende eso de lo bueno o malo que sea? —contesta David
dubitativo.
—¡Ajá!
—Exclama el padre—puede ser, puede ser. Y dime, David, este whiskey de color
verde, tú qué dirías ¿Que es bueno, o que es malo? —pregunta el padre mostrando
un vaso de whiskey con un líquido verde chillón capaz de verse en la oscuridad.
—Eso es que
se te ha echado a perder por el calor, papá. Deberías tener un bar climatizado
y eso no te pasaría.
—Claro,
claro. No entiendo cómo no se me había ocurrido a mí. El calor ha convertido el
whiskey en menta. Verás, lo que vas a hacer es llamar a tu tía Manuela.
—¿A la
monja? Para qué.
—Pues
porque esto es un milagro, por eso. Hay que llamar a la tía y al Papa de Roma. Hay
que llamar a todo el mundo. Es un caso extraordinario, verás tú la cantidad de
entrevistas que te van a hacer cuando sepan tu teoría. Whiskey en menta.
—Joder.
—No. Eso es
infinitivo. Tendrás tiempo de repasarlo, no te preocupes. Cuando llegues al
participio. Entonces entenderás exactamente tu situación.
Lo que yo
decía. Cuando no es por una cosa, es por la otra.
viernes, 7 de agosto de 2020
Cuando aprendí a rezar
¿Sabéis? Hay una zona llamada “deep corn” a tres días del cabo de Buena Esperanza donde desde Septiembre a Noviembre, se acumulan los bancos de varias especies de peces distintas. Los más grandes que jamás he visto.
El mar es peligroso. Hay pueblos costeros que cuentan su historia encadenando muertes.
—El peor invierno fue cuando murió Tom Hagen. Aún andan buscando a su hijo. Hizo tanto frío que había que romper el hielo de la bahía para que los barcos salieran. Al año siguiente desapareció “Whale Sea” con toda su tripulación. Aparecieron todos, gracias a Dios. A estos pudimos enterrarlos. No como a los demás.
Salir a faenar se convirtió en mi obligado paso de la niñez a adulto. Sin pasar por en medio. De jugar al fútbol a rezar por las mañanas, las jornadas de pesca, para que la Virgen te diera un día más. La vida había dejado de ser eterna para convertirse en efímera. Y eso, o lo digerías o te mataba.
Por ello íbamos a rezar todos juntos de madrugada, antes de embarcar, cuando aún la noche hacía esperar a la mañana, poniendo un muro de negrura que acompañaba nuestras letanías, un poco queriendo empujar fuera de nuestras vidas a ese día inevitable. Entrábamos con la gorra en la mano aún con las legañas del sueño, rezábamos y al final la costumbre de tocar el manto de la Virgen de los Desvelos. Nos poníamos en orden: el último el zagal, el primero el más viejo. Y todos íbamos pasando en procesión, igual que hormigas desfilando a su hormiguero.
Ese abrazo de la Virgen te envolvía como si fuera el mundo entero. Salías a la mar recordando que nada podía pasar, y si pasaba sabías que podría haber sido peor, y si lo era pues no había sido mortal. Y aún si llegaba el final, ya no importaba. Porque no importaba el final si ya no quedaba nadie que pudiera contar que a él, lo acontecido no le podía pasar.
Fue un día fatal. Primero ocurrió el fuego donde la iglesia, junto al cementerio. Solo pudimos salvar las piedras, la campana de avisar y al cura, que no se quería morir —decía—como mueren los que van al infierno. Lo apagamos con agua de mar, a primeros de septiembre. No quedó Virgen a la que rezar, así que lo hicimos en nuestros camarotes solos, sin fila donde desfilar ni manto que besar. Como hormigas sin hormiguero.
A mí tampoco me pudieron enterrar bajo una cruz señalando un sitio en la tierra donde enfocar una mirada, poner tres flores el día de Santos y que alguien pueda llorar, de vez en cuando. El barco se hundió en lo profundo de lo más hondo, allí donde la luz no llega, donde se ahogan los gritos, de donde nadie regresa. Solo encontraron dos remos de la chalupa de popa, un zapato con la suela de corcho y un vacío inmenso donde debería haber un barco.
Así fue cómo me quedé sin sitio aunque tengo un lugar. Cuando podáis ir al mar, rezad algo si sabéis rezar, que seguro lo oigo desde el fondo, colocado en la fila de los hombres perdidos que siempre son los últimos en llegar. Y si no rezáis, al menos no dejéis de mirar ese instante donde la luz del día gana, venciendo a las tinieblas de la noche para que salgan los barcos a pescar.
viernes, 31 de julio de 2020
La fotografía
Se llamaba María. Como se llaman todas las mujeres.
Esa mañana, muy temprano, cuando aún el gallo no había
empezado a cantar y el rocío medraba, María cerraba con sigilo el portalón de
su casa, sombreando el silencio de la mañana con un escueto gruñido cuando
apretó la puerta para encajarla. Y con una mochila, un bastón y un mandil bien
puesto, salió a buscar moras rojas y negras. Un poco de menta y espliego.
Huevos de gallina recién puestos, almendras, vainilla y manteca del cerdo que
mataron allá en Noviembre, como para San Martín.
María tenía a la yegua preñada de gemelos y estaba a
punto de parir. De haber venido solo uno ella misma podía haberla atendido, si
venía el potro por su sitio, claro, que si volteaba entonces era otra cosa, por
eso su madre le había puesto tres velas a San Anastasio. Pero María desconfiaba
de los santos. Y puestos, hasta de las santas. Porque nada hicieron para salvar
a la yaya cuando ella rezó para que no se la llevaran.
María sabía que tenía que pedirle ayuda al Nini. Él sabría
qué hacer. Como sabía si venía buen año de nieves, o la cura si el pulgón te
agarraba la siembra, podía decirte el sexo de la criatura mirando el tobillo de
la preñada. Y las maldiciones no le afectaban. En el pueblo unos decían que era
un ángel y otros, un demonio. María también sabía del gusto del mozo por las
buenas tartas.
— ¿A quién celebramos? —pregunta la madre viendo a
María afanarse en la cocina. Hay polvo de harina bailoteando con los rayos que
entran por la ventana. Concentrada en lo suyo, María se medio sorprende con la
voz de su madre.
— Le estoy
haciendo mi tarta al Nini. Le voy a pedir ayuda. No quiero que la yegua se
muera.
Su madre suspira pero no contesta. Solo un leve
comentario sale de su boca antes de darse la vuelta e irse por donde ha venido.
— El Nini…
Hace dos años, como para cuando hacía tres que murió la
yaya, le entró la Tenia a la vaca. El Nini nos avisó que no le diéramos de
comer durante tres días con sus noches. Para que no engorde el gusano —decía—,
para que no se acomode y sea imposible echarlo. Pero a mi madre la intentó
sacar con leche agria, y preñó de leche a la vaca. Pero salir no salió nadie. Y
la vaca se murió para Santa Águeda.
Lo vio en la fuente de la plaza, delgado como una
astilla pero firme como el sarmiento, con el pelo rubio mal peinado y serio
como una estatua de cementerio. Tragó lo que pudo y se dirigió con el pastel en
ristre, apuntándole directamente a la cara para que ojos, nariz y boca,
avisaran como hacían los balleneros: — ¡por allí resopla!— que es lo que cuenta
el libro que estaba leyendo en la escuela.
— Es para ti, toma —dice María mostrando el pastel. El
Nini ventea hocicando y empieza a salivar en secreto. Pero antes de coger el
pastel, habla.
— Pues no es mi santo.
— Lo sé. Es para que me ayudes a parir a la yegua.
— ¿Y tu madre, qué dice? — pregunta el Nini con todas
sus letras.
— Esta vez, lo que tú digas. No hay más.
El Nini coge el pastel y separa el paño que lo cubre.
Lo huele más de cerca. Mete un dedo y lo prueba. Después, se relame.
— Coge hinojo del arroyo, procura que no esté soleado,
mejor el que crece pegado a la roca de las umbrías del rio. Dos raíces de
carcabuey y lo que te coja en una mano abierta de remorana. Lo cueces todo y lo
cuelas, no me hace falta el agua. Lo dejas en un cubo y al lado de la yegua. Yo
esta noche iré.
— Pero todavía no está de parto — dice María.
— Pero la noche viene templada. Y como ya no estará
engarrotada del frío el potro se estirará y a ella le dará gana de parir. Tú,
hazlo. Esta noche cuando la luna termine de subir el cerro, me llego. Ten el
mejunje preparado.
María sonríe contenta mientras piensa que no sabe si es
un ángel o un demonio. Lo que sí sabe, es que le salvará la yegua.
sábado, 25 de julio de 2020
El conejo
Y
entonces cayó la tarde, aún con los últimos rayos en despedida tras las lomas
altas del cerro al que llamaban del morisco, nombre ya perdido en la memoria de
los muertos que el pueblo había ido enterrando, uno a uno, viejo a viejo,
haciéndose cada vez más pequeño.
Ya
quedaban solo tres en el pueblo, él con el Fabián, puerta con puerta y en el
otro extremo Marcelo, o por lo menos hasta ayer estaba. Ellos y sus ovejas,
veinte gallinas y una vaca. De sobra para matar el hambre si no venía muy crudo
el invierno. Levantó el ánimo con el fresco que acudía e hizo lo propio con su
cuerpo, cogió la azada y se arrimó al bancal del huerto, para regar las
lechugas con el sol caído y que no se quemasen, y para estirar el esqueleto.
Entonces
fue cuando vio al conejo. Ramoneando una lechuga de espaldas y las orejas
alerta. Se quedó quieto para no espantarlo, y entre silencios lo maldijo,
dejando ser el conejo un conejo, para convertirse en enemigo, uno de esos al
que quieres muerto. Así que se dio la vuelta y entrando en la casa cambió la
azada por la escopeta, con claras intenciones de hacer más chico al pueblo.
—
¿A quién matas? —preguntó Fabián al verlo.
—
Un conejo. El hijoputa se está comiendo las lechugas.
—
No hay maldad en el conejo, amigo. Solo hambre.
—
Pues que coma hinojo o yerbabuena y que deje en paz mis lechugas.
—
Es un conejo. No un cura.
—
¿Qué dices?
—
Que los curas saben lo que está bien y lo que deja de estarlo pero los conejos
no. Si matas al conejo por no saber lo que sabe un cura, es como si me mataras
a mí por no saber conducir un cohete.
—
Pero si tú no tienes ni coche.
—
Pues eso. De cohetes ni hablamos.
—
Que lo deje ¿Eso dices?
Fabián
cerró la puerta de su casa apretando la hoja contra el marco para que la
cerradura encajara. Giró dos vueltas la enorme llave que se guardó en el
bolsillo de la chaqueta para seguir diciendo.
—
El conejo no sabe que las lechugas tienen dueño. No puede saberlo. Es estúpido.
Y si tú lo odias porque crees que lo sabe, entonces no es el único. Piénsalo.
Y
habiendo dicho esto, Fabián se apoyó la azada al hombro y se dirigió a su bancal
de nabos y alfalfa, los nabos para el cocido, la alfalfa para la vaca. Que una
vida organizada era el principio de la tranquilidad en cualquier hombre. Y eso Fabián
lo sabía, como sabía la solución para que no se agriara la leche y para que sus
perros no criaran garrapatas.
Se
oyó un tiro y Fabián volvió la cara hacia donde el eco del disparo terminaba.
Carraspeó y soltó un salivazo. Después se subió los pantalones —había perdido
peso este invierno— y se puso al bancal escarbando y pensando en lo que iba a
cenar, quizás una sopa de lentejas, o unos nabos con queso. Que seguro mañana
habría conejo, y la carne ha de comerse con mesura para que no se te amarilleé el pellejo, una vez a la semana, dos si son fiestas, a no ser que sea cuaresma.
Fabián
lo vio pasar por el camino viejo con el conejo en ristre y la escopeta al
hombro. Ya oscurecía. Así que recogió el puñado y lo sacudió para quitarle la
tierra, arrimó la azada y con las dos manos ocupadas se marchó de su terreno,
dirigiendo sus pasos a casa del Marcelo pues le debía dos lirias, las que
llevaba en el bolsillo, y así lo saludaba que uno nunca sabe si despertará
mañana. El otro estaba en el banco, uno de piedra que el Marcelo construyó
cuando se quemó el molino viejo. Desollaba el conejo.
—
¿Has visto al Marcelo? —preguntó Fabián mirando al conejo. Dos kilos por lo
corto —calculó—, lo que hacía uno de carne. Con tres puñados de arroz y una
bota de vino harían almuerzo de domingo. Aunque fuera miércoles. Que no lo
sabía. Hacía tiempo que ya no le ponía nombre a los días.
—
No le he visto el pelo desde ayer. Lo mismo se ha muerto.
—
Lo mismo —contestó Fabián.
—
Pues entonces vamos de entierro.
—
Y nos va a sobrar conejo —añadió Fabián.
Entonces
apareció el Marcelo. Venía del patio trasero con un cubo en la mano y una paja
en la boca.
—
¿Quién se ha muerto? —preguntó.
—
Por ahora, solo el conejo —contestó Fabián que sacó las lirias del bolsillo y
se las dio al Marcelo que las cogió sin decir nada, como se hace con el calor
del sol, con un murmullo o con el aliento.
—
¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Marcelo.
—
Desuello al conejo.
—
Ya lo veo. Digo que si quieres algo.
—
Te echaba de menos. Como ya no hay mujeres habrá que arrimarse a lo que queda.
Está Fabián y estás tú pero este —dijo señalando a Fabián—habla más de lo que
dice, así que me he enamorado de ti. Mira, te he traído un conejo.
Marcelo
soltó una carcajada y dejó el cubo en el suelo. Se sentó en el banco y sacó la
pipa, el tabaco y un mechero.
Y
así, en el silencio, terminaron los tres otro día. No sé si lunes o domingo, lo
que sí sé es que el día terminaba sin remedio. En la penumbra de tres vidas y
con la luna en el cielo.
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