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domingo, 6 de octubre de 2024

Sombras

 Peter estaba harto y eso fue lo que le llevó a hablar con un claro tinte de enfado.

—Esto no va a continuar más —le dijo a su sombra—, de aquí en adelante harás lo que te corresponde, o si no…

Peter se interrumpió al ver a su sombra volver la cabeza. Como si no le prestara atención. Un desplante chulesco que terminó de enervarlo.

—¡Te haré desaparecer!

La sombra río a carcajadas que no se oyeron, pero aun así se veían estridentes.

—Tú te lo has buscado —pensó Peter. Y metiendo la mano en su faltriquera sacó una linterna.

La sombra se llevó la mano a la boca espantada y empezó a negar con la cabeza ostensiblemente. Incluso se puso de rodillas juntando las manos en un lamento tardío. Peter encendió la luz y la sombra desapareció.

No eres nada — susurró. Y diciendo esto abandonó la oscuridad para siempre.


viernes, 21 de abril de 2023

El cuento del olivo (finalista en el certamen MQC)

 

Fue padre quien lo propuso en una noche cualquiera. Me acuerdo como si hubiera pasado ayer mismo y, de eso, hace ya cuarenta años. Yo tenía apenas siete.

                         ¡Vamos a dormir al olivar¡—­­­dijo.

 

Y aún oigo las protestas de mi madre mientras nosotras, ­­­mi hermana y yo,­­­ nos afanábamos en preparar la acampada: un pijama, nuestras muñecas y una caja de cereales sin empezar para el desayuno.

Recuerdo que mi padre, tras montar un campamento con una tienda de campaña y una pequeña hoguera nos abrazó para disipar cualquier temor en la noche oscura del campo. Nosotras nos sentimos reconfortadas inmediatamente.

                     ¿Queréis que os cuente un cuento?

Y fue como si todo desapareciera. Lo extraño de dormir al aire, los ruidos del campo, el susurro del miedo. Mi hermana y yo, incluso mi madre, nos apretamos junto a padre hasta formar un solo cuerpo. Creo que nuestras respiraciones se acompasaron y que nuestros latidos coincidieron.

—Esta noche será un cuento especial. —­­­Prometió padre.

                   Casi nadie sabe la razón por la que los olivos crecen retorcidos, como arañando el cielo, pareciendo que claman justicia por algo que sucedió al principio de los tiempos, en una época tan lejana donde no existían las palabras y por ello se borraban los recuerdos. Fue entonces cuando sucedió lo que hoy os cuento.

                  El olivo fue el tercero al que Dios creó primero. Antes fue el álamo y después, ese que llaman el árbol de lo muertos, el ciprés erguido. El que dicen que es el camino a los cielos. El álamo daba sombra y el ciprés, consuelo. Por ello el creador vertió aceite en el olivo para que el mundo tuviera resguardo, esperanza y alimento.

               Y todo iba bien, mientras cada uno iba a su asueto. Pero ocurrió lo que siempre pasa en los cuentos, aunque en este no había bruja malvada ni ogro hambriento, no hubo reyes despojados de su corona ni princesas encerradas en sus encierros, por no haber, no había siquiera amo ni dueño que perpetrara castigos injustos a aldeanos, mozos y plebeyos. Lo que ocurrió es que el olivo se cansó de dar todo su alimento y pidió al ciprés que, a cambio, le enseñara el camino a los cielos, pues quería ofrecer al creador el mejor oro de su aceite más puro e intenso. El ciprés sospechó y fue a contárselo al álamo que tenía fama de ser un árbol sereno. El álamo le advirtió entonces: el olivo te miente, solo quiere lo que guardas en silencio. Y cuando descubra el camino a los cielos, te quedarás sin oficio y él con tu secreto.

Al ciprés se lo llevaban los demonios. Ese maldito olivo, mentiroso y torticero. Despechado viajó esa misma noche a ese que era su lugar secreto, donde las nubes nacen, el sol cuelga y la luna se esconde. Y fue allí entre todos donde un plan se tejió en silencio, pues en los cielos no se habla que es el sitio de la noche y sus misterios.

Ya con todo hecho, el ciprés bajó de los cielos y al encuentro del olivo fue para terminar aquel trato de lo suyo por alimentos. El olivo tras sus palabras pues quedó muy contento y se emplazaron para esa noche donde él, finalmente, dejaría la tierra para volar con el viento, cambiaría zarzas, tomillos y sarmientos por lo que venía a ser un aire ligero. Fue a preparar sus viandas y se puso a parir su mejor presente, un aceite espeso como sangre, con sabor amargo y color verde intenso. Y cuando la noche ya se echaba el ciprés le mostró su secreto, el camino que dejaba la tierra para alcanzar lo desconocido, donde nace la noche, donde van los muertos.

Padre hizo entonces un receso. Avivó las llamas y desató su mochila donde había jamón, croquetas caseras hechas por mi madre y un cuarto de queso. Yo, la verdad, no tenía hambre y si la tenía lo que me faltaba era un hueco en el pescuezo por donde colar las viandas que, entre tanta noche, suspense y aquel montón de muertos, tenía un nudo en el estómago que se me subía por el tronco y se me atrancaba en el cuello. Mi hermana estaba igual, escondida bajo el sobaco de mi madre­­, yo creo que ni respiraba, y entonces me di cuenta que su muñeca había muerto, estrangulada por sus pequeñas manos que la apretaban de tanto miedo.

Padre nos sonrió mientras repartía los alimentos.

­­¿Qué ocurre, no os gusta el cuento? ­­preguntó ya comiendo.

Y ante el silencio que se hizo, él siguió diciendo.

­­¡Bueno, pues lo dejo! Si queréis nos marchamos a dormir y que tengáis dulces sueños.

Yo sabía que no iba a dormir entre tantos olivos sin saber el destino de aquel del cuento. La verdad es que no tenía claro si al final era el olivo el malo, o era el bueno. Y rodeada como estaba de ellos, no daba igual lo uno o lo otro, que no es lo mismo estar jodida que estar jodiendo.

­­Pero, padre ¿Era malo el olivo, o era bueno? ­­pregunté sin poderlo evitar. Que después te llega la muerte sin avisar y no quería que esa duda me acompañara al entierro.

­­El olivo quería prosperar, dejar la tierra, surcar los cielos. Y para eso confió en lo que le fue dado, cambiarlo por medrar, conocer a su creador y vivir sin miedo. Decidme ¿es eso malo, o es bueno?

­­Pero obligó al ciprés a descubrir su secreto. Fue un chantaje sucio. Los buenos no hacen eso. —Protesté yo.

­­Pero el ciprés ya tenía lo suyo, y también el regalo del alimento. Y claro estaba que no protestaba pues el que recibe no gasta ni paga, que es como ahorrar dos veces y si eso no es verdad ¡decidme que miento! ­­Y dicho esto, padre se fue a acostar.

¡Pero, y el cuento! —­­dijo en voz alta mi madre.

¡Eso, eso! ­­continuó mi hermana. Hay que terminar con el cuento, seguro que al final se descubre si era el olivo el malo, o era el bueno.

Y ya con mi hermana debajo del sobaco de mi madre, mi padre tomó de nuevo asiento, y junto a los destellos de la lumbre puso voz fingida, como de miedo.

Llegó el olivo al instante, en un abrir y cerrar los ojos, en un suspiro de mosca y eso que desde la tierra se veía su destino muy allá, muy a lo lejos. Pero el olivo no se sorprendió, ya que pensó que allí donde estaba, no era sitio ni lugar sino más bien como un estar, algo como un sueño que, sin ser, está y eso, aunque no lo hace de carne y hueso, se vive como si lo fuera.

Buscó un camino mientras apretaba el aceite no se le fuera a caer y manchara las nubes por encima, que después se liaba a llover y en lugar de agua pues aceite sería. Y no quería él contaminar, que uno empieza y después no se sabe cómo detenerlo.

Como no encontraba camino en el cielo, probó entonces a gritar, de esa forma que dicen que se hace a los cuatro vientos. Y a los gritos acudieron tres ángeles que, con aspavientos, lo mandaron callar ¡Qué es eso de gritar en los cielos! Los ángeles lo miraron y entre ellos hablaron…

­­Este debe ser el que nos dijeron.

­­Sí ­­dijo otro. Debe ser el nuevo.

­­¿Eres ese a quien llaman olivo? ­­preguntó el tercero.

El olivo asintió, sin saber cómo, de pronto la voz no le recorría el cuerpo. Quizás ­­pensó­­, una magia de las de verdad le había borrado ese entendimiento.

­­No intentes hablar. En nuestra presencia no puedes hacerlo.

­­Como tampoco podrás regresar.

­­A no ser que quieras jugar. Y antes que te revienten las ramas por no poder preguntar, te diré lo que quieres escuchar: se trata de un juego que no es un juego pues dependiendo del final puedes volver o quedarte como los demás, que este es sitio de muertos.

El olivo se puso a pensar. “Cómo voy a jugar si no puedo hablar. Pero tampoco se quería quedar, no le estaba gustando mucho la compañía y las perspectivas no parecían que fueran a mejorar, si como vecinos le esperaban ánimas, fantasmas y espectros.”

Así que asintió.

­­ ¡Pues vamos a jugar! ­­—dijeron a la vez los ángeles.

Lo que olivo no sabía es que todo era un ardid. Los ángeles le debían una fortuna al ciprés por el porte de incontables muertos que había servido al cielo. Por eso habían accedido a engañar al pobre olivo dejándolo en silencio.

­­El juego es el siguiente. Te plantearemos una cuestión que deberás resolver. Si lo haces podrás volver, pero si yerras permanecerás aquí para siempre.

--¿Qué es lo que no te puedes llevar y, sin embargo, ya lo tienes?

--¡Es la vida! –grité al instante. ¿Pero cómo lo dirá el olivo si no puede hablar? –terminé preguntando.

El olivo cogió el cántaro de aceite que llevaba como presente celestial, y destapado su tapón de jalea real, vertió su contenido hasta donde su impulso fue capaz de alcanzar. El verde oliva manchó el campo blanco y surgieron horizontes surcados por ríos de aceite, y desgajando una rama de su vuelo, el olivo plantó un esqueje en una nube, con siete hojas de plumero, y a la vista de ángeles y cielo, la rama se convirtió en árbol, y este fue su mérito.

Los ángeles lo dieron por bueno.

--Puedes pasar –dijeron. Y un camino apareció entre nubes que el olivo recorrió, para encontrar en su mismo final, un trono celestial, digno de un Dios o, por lo menos, similar.

Un niño apareció. Uno muy normal. De aspecto usual, os digo. Y el olivo se percató que ya aceite no llevaba, el regalo se esfumó. Así que, por no poder hablar, estiró sus ramas hasta que rallaron el cielo, tronchando el tronco hasta partirse los huesos, quedando retorcido y amargo, como el aceite bueno, el que mancha el cielo de la boca y se graba en el paladar, allí donde termina el pescuezo.

Y ese es el motivo de que los olivos retuerzan el tronco y arañen los cielos –terminó mi padre el cuento.

Y yo, cada vez que lo recuerdo, añoro el campo y recuerdo el viento. La noche estrellada, la mano estrechada, la piel de mi madre, el principio del cuento. La luz apagada y el susurro del cielo.

 

lunes, 12 de abril de 2021

Extraños en el bosque

 Estaba distraído jugando a pintar de colores un árbol. Era premeditado. Te disfrazaré de arco iris —pensó— serás la envidia del bosque, único, y todos querrán ser como tú. Entonces los oyó cuando alzaron la voz en el dormitorio. Él imaginó que estaban dentro del bosque.

—¿!Sabes lo que es esto, lo sabes!?


—No grites, el niño…


—¿El niño? Tu hijo, claro. Será mejor que sepa quién es su madre.


—Pero ¿Qué dices…?


—Esto son los resultados del reconocimiento médico de empresa —dijo arrojándoselos encima, los papeles volaron y ella apenas pudo sujetar algunos folios. Se agachó a recoger los demás mientras él seguía vociferando.—Esperma de baja calidad no apto para engendrar— gritó escupiendo las palabras frente a su cara.


—Por favor, baja la voz, el niño…


Llamaron al timbre y el tronco quedó vestido de naranja y blanco papel por la interrupción.


—Hola, guapo ¿Está tu papá?


Se quedó mirando al infinito a través del extraño. En su bosque no había extraños, después pensó que sí que los había. Él sería de colores y hasta los extraños lo querrían.


—No, me parece que no.




miércoles, 17 de febrero de 2021

la mesa que odiaba la ducha

 

Wenceslao volvía una y otra vez a leer la pregunta del examen: ¿Cuántas patas tiene una araña? Dudaba entre seis o más de seis. A lo mejor había arañas con seis y otras con más de seis. Pero más de seis…­­–seguía pensando con el lápiz apoyado en el labio–, no creo. Sería un lío enorme andar con más de seis patas. Sí, pondré seis.

Y estaba a punto de hacerlo cuando un movimiento del pupitre se lo impidió. Fue un saltito, un leve bote de la mesa, inapreciable para el resto de la clase pero suficiente como para hacerle un borrón en la hoja. Wenceslao maldijo para sus adentros: ¡cachis! Y se afanó con el borrador para enmendar el borrón. No le gustaba dejar manchas en los exámenes, su madre siempre lo decía. Hay que parecer limpio además de serlo. Seis. Eso era. Pero apenas apoyó la punta del lápiz en la hoja para escribir el dichoso dígito la mesa volvió a moverse. Otro borrón.

Una idea cruzó a la velocidad del rayo por su cabeza: ¿siete? Comenzó a escribir y la mesa volvió a moverse. La goma se estaba desgastando.

Quizás… ¿ocho? Apoyó el lápiz esperando la opinión de la mesa y…, nada. La mesa no se movió en esa ocasión. Dejó el ocho y pasó a la siguiente pregunta: ¿Cuántas patas hay entre ocho patos?...mmm…

Cuando le entregaron el examen, junto a la nota –un espléndido 10–, había un comentario del profesor: Enhorabuena W. pero has de procurar hacer menos borrones. Wenceslao miró de reojo a su mesa de pupitre. Pero no le dijo nada. Total. Nadie es perfecto.

martes, 22 de diciembre de 2020

Cuento de Navidad

Tener una buena conversación exige mostrar nuestra vulnerabilidad y, en ese honesto intercambio, tener permiso de acceso a la contraria. Las circunstancias que lo permiten pueden ser variadas y esta es solo una de ellas.
Corría la navidad del 2056 y de nuevo se acercaba la fecha de año nuevo, lo que significaba recoger el legado de mi padre para esas fechas. Cuando era adolescente y compartía cuarto con mi hermana, adolescente también, pasamos una navidad con mis padres en “petit comité” y al viejo se le ocurrieron algunas de esas ideas que solo se le ocurrían a él. Nos gustó. Y tanto mi hermana como yo hemos mantenido esa tradición a lo largo de los años en nuestra propia familia. La noche de año nuevo cada miembro de la familia está obligado a dos cosas. La primera es preparar uno de los platos de la cena. La segunda es que después de cenar, cada uno debe dar las gracias a los demás por el año transcurrido.
En la cocina, Adrián se esfuerza en limpiar fresas subido a un taburete. Sus ocho años de vida alcanzan para mucho pero aun no llega al fregadero. En la mesa de la cocina tiene un bol con chocolate troceado. Prepara el postre.
—Mamá.
—Dime cariño.
—¿Has pensado ya lo que vas a decir? La voz de Adrián refleja inseguridad y a su madre no le pasa desapercibido. Eso hace que recuerde la primera vez que ella estuvo en la misma situación y una profunda comprensión la invade. También tenía dudas.
—¿Por qué, tú ya lo tienes pensado?
—No sé.
Adrián coge otra fresa, le quita el tallo sin habilidad alguna y la pone en el plato de las lavadas. Se da cuenta de su error y la vuelve a coger para ponerla debajo del grifo que está demasiado abierto lo que hace que cada vez que lava una fresa se ponga empapado por las salpicaduras.
—¿Tú qué vas a decir? —pregunta Adrián.
—No te lo digo que te copias.
Adrián coge la última fresa intentando esconder su azoramiento. Su madre le ha pillado, como siempre. Eso hace que recuerde el mantra —aunque su cerebro no recoge esa palabra— repetido una y mil veces por ella: las madres lo sabemos todo.
—Es que me da vergüenza.
—Sí. Eso es lo difícil. Si fuera fácil no sería divertido. Es como cuando juegas al fortnite, te diviertes porque es difícil. Es como un reto.
—Pero es que no se me ocurre nada.
—Normal. Tu padre y yo somos perfectos. Jamás nos equivocamos y cuando te regañamos siempre llevamos la razón. Además sabemos perfectamente lo que pasa por tu cabeza en todo momento, lo que necesitas, lo que quieres. Todo. No haría falta ni que vivieras. Ya lo hacemos nosotros por ti. No te preocupes, no tienes que decir nada. Quizás el año que viene. Cuando seas mayor.
Adrián baja del taburete con el cuenco de fresas lavadas entre las manos. Se siente más ligero al estar indultado pero no le ha gustado que le digan que no es mayor. Él ya es mayor. Tampoco le ha gustado que le dijeran que daba igual que viviera o no. Eso lo ha puesto muy triste.
Después de la cena, sus padres hablan agradeciéndose mutuamente las cosas que uno ha hecho por el otro. También le han dado las gracias a él y ha llorado cuando su mamá le ha dicho que le daba las gracias por enseñarle tantas cosas de ella misma. Que nunca hubiera pensado que tener un hijo encerraba tantas lecciones que aprender. Que la había hecho mejor y que por eso le daba las gracias. A punto de recoger la mesa. Adrián habla.
—Yo también quiero dar las gracias.
Nadie se mueve de la mesa invitando a Adrián a hablar. Su madre abre los ojos ante la expectativa.
—Yo quiero dar las gracias porque sois mis padres. Y que a pesar de lo mal que me porto cuando no hago caso, me seguís queriendo. También quiero dar las gracias porque habláis conmigo incluso cuando estamos enfadados. Porque no me dejáis solo porque yo me moriría si me dejáis solo. Y quiero darle las gracias sobre todo a mamá porque me hace trampas, pero son trampas buenas que me enseñan cosas.
—¿Como hoy?
—Ya soy mayor.
—No tengas prisa, amor mío. No tengas prisa.
No se me ocurre mejor forma de terminar el año. Gracias, papá.

miércoles, 16 de marzo de 2016

La serpiente despistada


Hubo una vez en un país sin espejos que una serpiente nació. De pequeña apenas medía lo que un gusano, un gusano de lengua partida y piel coloreada, que le bastaba con el agua de lluvia que, de vez en cuando, del cielo caía y algún que otro escarabajo pequeñito para comer y beber. La serpiente fue creciendo y con ella su apetito, y cuando no le bastó con su dieta de lluvia e insectos, decidió recorrer un sinuoso camino que partía desde su cueva. Y así fue como la serpiente comenzó a recorrer las curvas de un larguísimo sendero que terminaba en una fuente donde bebía y se bañaba, por las noches contaba luceros y, de vez en cuando, hasta un conejo, que se cruzaba despistado en el camino, cazaba.
La serpiente creció y creció, con la barriga bien llena de conejos y de agua, en el país donde no existían los espejos, yendo y viniendo a la fuente, a por agua.

Y tan larga se hizo que la cola de su cuerpo, cuando la cabeza a la fuente llegaba, aún permanecía dormida, allí, en su cueva, donde el sendero empezaba.
Ella parecía no darse cuenta, porque como no había espejos, su tamaño no sospechaba.

Quizás por eso, una mañana cuando volvía de darse un baño de su fuente privada, se cruzó con su cola, que aún iba, mientras ella ya llegaba.

Buenas tardes, señora. Dijo cuando se alcanzó y al mirarla. Sin saber que de su cola se trataba.

La cola, por supuesto, no contestó ni dijo nada. Y la serpiente pensó que era sorda, o ciega, o quizás ambas.
A la tarde siguiente, otra vez la vio de lejos tras su viaje a la charca. Pensó en qué decirle, pues de su piel y su reptar se había quedado prendada. Y al cruzarse de nuevo con ella, una cosa le salió del alma, con la boca muy abierta, se irguió lo que pudo y le gritó:

¡Guapa!

Y nada. Tan muda como la luna. La serpiente se sintió ignorada.

¿Cómo es ello posible? Por la noche se preguntaba.

Y así, día tras día, ella le habló mientras la otra, se callaba.

Y una tarde que la pilló enfadada, la serpiente la saludó, y ante el silencio que ya esperaba, le dio un mordisco de serpiente, de esos, con los que conejos cazaba.

Y fue tanto el dolor que sintió, que se dio cuenta por qué no le hablaba.

Ahora la serpiente va y viene por el sendero hacia su charca, se baña cuarto y mitad, y vuelve por el camino con su cola vendada.



lunes, 8 de diciembre de 2014

Cuentos para niños





Los sueños de la escalera

Había una vez una escalera que subía a una buhardilla. La buhardilla tenía una puerta preciosa, de esas antiguas con una sola hoja de cuarterones ribeteados con clavos de cabeza gruesa en forma de pirámide.








La escalera estaba intrigada sobre lo que aquella preciosa puerta encerraba tras de sí, pues imaginaba que tan magnífico cierre escondería maravillas a la altura de su belleza.


Un día se armó de valor y habló a la puerta.


—Puerta ¿Por qué no te abres y me dejas ver tras de ti?


— ¿Qué crees que hay tras de mí escalera?—preguntó a su vez la puerta— dímelo si quieres que te deje verlo.


—Imagino una estancia con un ventanal redondo —empezó a relatar la escalera— a cuyo pié hay una cama junto a un estante lleno de cosas mágicas, imagino un hueco de puerta a su izquierda, que da a una habitación jamás pisada que esconde el secreto de la vida, imagino un baúl enorme tapado por una tela de colores llena de polvo y que en su interior están los juguetes de miles de niños vividos en tiempos pasados…,


La puerta, después de escuchar atentamente a la escalera, le dijo.


—Sí escalera, hay eso y mucho más. Pero no puedo dejar que lo veas por que el señor del tiempo —el amo y señor de todo lo que guardo— viene de vez en cuando a visitar ésta habitación, y es celoso de su intimidad.


La escalera quedó triste y fascinada, sabía que tenía razón. Pero comprendió que debería conformarse con seguir soñando la estancia porque el señor del tiempo debía de ser muy poderoso y tener un genio de mil demonios.


Y así fue como esa puerta regaló los sueños a la escalera, sabiendo que jamás debería abrirse para ella y mostrarle lo que en realidad guardaba: una vacía habitación.












El álamo y el río


Había una vez un álamo que vivía a orillas de un río. En las largas tardes de verano el álamo hacía por dar conversación al río. Sin embargo, el continuo fluir de éste impedía una conversación coherente.


Lo mismo pasaba en primavera y en otoño.








Al llegar el invierno sucedía que el río se congelaba y entonces en su quietud, se dirigía al álamo con el deseo de contarle sus peripecias del año transcurrido. Pero entonces el álamo no estaba, pues en invierno el árbol hibernaba.


Ocurría que cada uno desconocía los motivos de las no respuestas del otro, porque claro, el río nunca había sido árbol y no sabía que hibernaban en invierno. De igual forma el árbol nunca había sido río e ignoraba que su espíritu era viajero lo cual le impedía poder hablar con él al estar siempre en movimiento.


Así que cada uno sacó sus conclusiones por separado.


El árbol reflexionó que seguramente el río pensaba que él era aburrido ya que nunca había viajado y siempre permanecía en el mismo lugar. Sí, seguro que esa era la razón.


Por su parte el río, pensaba que el árbol lo ignoraba. Y decidió que el árbol era un ser engreído y orgulloso por tal cuestión.


Ambos se convirtieron en enemigos y en esa enemistad, el río socavaba el lecho donde el árbol enraizaba con la intención de desplomarlo.Por su parte el árbol hacía crecer sus raíces en un estrechamiento del cauce, con el propósito de taponarlo y que el río embalsara y dejara de ser río.


Un día, el maestro búho se mudó al álamo y se apercibió de la situación que estaba destruyendo a ambos seres, que obligados por el destino a vivir juntos se destruían mutuamente por una enemistad cada vez más enconada.


En su sabiduría, el búho rogó solución a los duendes del bosque. Y ellos, que le debían un favor al búho accedieron.


Los duendes hicieron al álamo de hoja perenne, de forma que en el invierno el árbol no tenía necesidad de dormir y así pudo hablar con el río mientras estaba congelado. Ambos, encontraron la comunicación que necesitaban y se dieron cuenta que nada tenían que ver las ideas que cada uno se había formado del otro. Comprendieron que sólo la falta de oportunidad había hecho que prejuzgaran la situación hacia derroteros equivocados y destructivos.


Y así se convirtieron en grandes amigos.








El bosque y las hadas


Hace mucho tiempo, tanto, que ni siquiera el tiempo existía, el mundo no era como ahora lo conocemos. Era distinto, sólo “las hadas intemporales” poblaban el espacio. Ellas tenían alas y volaban de aquí para allá, siempre flotando, durmiendo en las estelas de los cometas, comiendo polvo de estrellas, y visitando miles de puestas de soles distintos.


Un día un hada llamada Hirquiriona encontró una flor. Estaba adherida a un cometa pequeño, el hada quedó impresionada ante la flor y quiso cogerla pero al pronto de arrancarla, un enano salió disparado de su escondite.


— !Suelta la flor! —el enano estaba muy enfadado—¡Es mía!


El hada jamás había visto un enano, pero no se asustó. Las hadas son muy poderosas y no tiene miedo a nada. Pero como tampoco quería causarle daño, le dijo:


—Dime duendecillo ¿Cuál es el secreto de la vida de una flor?


—La tierra —contestó el enano—, la tierra alimenta a la flor y la sujeta.


El hada corrió la voz, y miles de hadas recorrieron el universo buscando trozos de tierra desprendidos del volar de los cometas, e iban juntándolos todos como si fuera plastilina y así se formó el mundo, de juntar tierra.


Y conforme iban juntando tierra, iban plantando flores y más contentas se ponían. Las flores formaron bosques y —de esa forma— se formó el mundo tal y como ahora lo conocemos, y es por esta razón por la que, si queréis encontrar un hada, debéis ir al bosque, pues ellas viven allí, cuidando de sus flores.





Un cuento para Mario


Había una vez un niño, un niño soñador, de los que parece siempre en Babia. Él era feliz en su mundo creado para sí mismo, donde hadas, elfos y brujas andaban a sus anchas.


Un día vio llorar a su padre y eso lo descompuso, ya que la tristeza no cabía en él. Se sintió, a su vez, muy triste, y esa noche cuando su padre terminó el cuento que todas, todas las noches le acompañaba a dormir le preguntó.


—Papá ¿Por qué lloran los papás?


—Mario, la vida no es como la sientes de niño, la vida es correr para no llegar y en la carrera, dejarte la propia vida.


La explicación dio que pensar a Mario que a partir de ese día empezó a fijarse en la vida de sus padres. Observó que se levantaban temprano, iban a trabajar, le llevaban al colegio, hacían los trabajos de casa, lo llevaban al médico cuando enfermaba, a natación,…y muy, muy de vez en cuando, veía a sus padres reír juntos y abrazarse…y comprendió lo que quería decir su padre.


Estaban tan atareados que no podían hacer las cosas que a ellos les gustaban.


Mario —preocupado— se lo contó a Atergo —el duende—, que a su vez se lo contó a Nebrisa —la diosa de los sueños— que consultó con Recartes.


Recartes era el brujo que todo lo sabía, porque era el más viejo y el que tenía la barba más larga. Y eso, es importante en el mundo que gobierna a los niños: la barba.


Recartes pensó y pensó, hasta que dio una solución que haría que su padre no volviera a llorar.


Nadie sabe lo que ocurrió, pero al día siguiente todos los relojes del mundo desaparecieron. Al principio fue un caos pues nadie sabía cuando empezaba el trabajo, ni cuando terminaba, ni a qué hora era la comida, ni cuando levantarse, o cuando terminaba un lunes y empezaba el martes.


Pero poco a poco la vida empezó a regirse sin tiempo, se comía cuando se tenía hambre y se trabajaba cuando se tenía algo que hacer. No había prisa ya que el tiempo no existía.


Y así el padre de Mario nunca volvió a llorar.






La ostra y la perla.


Había una vez una ostra que hacía una perla. Día tras día, la ostra volteaba un grano de arena recubriéndolo de nácar sin parar un solo instante.


Pensaba —cuando tenga esta perla seré la ostra más guapa del arenal— y así, todo su tiempo lo empleaba en afanarse en esa única tarea.


Un mañana un pulpo vino a darle conversación.


—Ostra ¿Por qué no vienes al arrecife?, veremos juntos la marea baja.








—No, —dijo la ostra— tengo que hacer mi perla, eso es lo más importante.


Y el pulpo se fue.


Otro día vino el caballito de mar.


—Te apuesto a que no eres capaz de ganarme de aquí hasta la anémona y volver.


Pero la ostra tampoco quiso echar carreras, y el caballito también se marchó.


Y así pasaron cientos de animales sin que la ostra quisiera nada con ninguno. A ella no le hacía falta nadie para ser feliz. Sabía lo que quería. Su perla.


Llegó el momento en que terminó. Había hecho una perla realmente bonita. Era negra e iridiscente con un ámbar perfecto. Se puso tan contenta que se sintió feliz por un instante. Pero ese momento pasó, y el día siguiente, y el siguiente. La ostra se pasaba el tiempo mirando la perla.


Ocurrió que en una noche de luna llena, apareció un pescador con un cuchillo. Abrió la ostra, matándola, y se llevó la perla.


Y ese fue el legado de la ostra, la perla.


Ella había hecho la perla y para ello sacrificó las vistas junto al pulpo de la marea baja, las carreras con el caballito de mar, y tantas y tantas experiencias no vividas.


Y esa es la razón del enorme valor de la perla.








La Flor Mágica


Érase una vez una niña llamada Maakandé que vivía en un campamento, en una tienda de campaña hecha de pieles de animales con su padre.


Una mañana, Maakandé se levantó y se extrañó al ver que su padre, que solía madrugar más que ella, aún estaba en su cama. Se acercó y vió que tenía un color muy pálido.


—Padre —preguntó en voz baja— ¿Qué te ocurre?


—Maakandé, estoy muy enfermo y no puedo levantarme —contestó el padre apenas en un hilo de voz.


—Dime padre ¿cómo puedo ayudarte?, dime qué es lo que tengo que hacer y lo haré —dijo con voz decidida la niña.


—Debes ir en busca de la flor mágica Maakandé, eso es lo único que puede salvarme.


— ¿Y donde crece la flor mágica, padre?


—En las montañas de la luna, deberás subir hasta la cima de la mayor, allí encontrarás una enorme puerta, tras ella nace la flor mágica. Tardarás un día y una noche en llegar, pero no será suficiente con encontrarla.


— ¿Por qué padre?


—La flor mágica está custodiada por el Brujo Pir-Ujo que te hará una pregunta muy difícil, si la contestas te dará la flor, debes ir preparada.


Maakandé se preparó a conciencia, cogió su mochila de piel de castor y metió agua y fruta, así como un poco de carne seca. Era de madrugada cuando salió a caminar, y estuvo andando toda esa mañana y la correspondiente noche. Cuando se cansaba, paraba y tomaba algo de alimento y agua, y así, cuando empezaba a amanecer, llegó a la cima de las montañas de la luna.


Una enorme puerta franqueaba el paso, Maakandé la golpeó tres veces —¡toc, toc,toc!—, la puerta se abrió haciendo mucho ruido —¡Ñiaccccc!


Abierta la puerta, Maakandé entró, y tan pronto como lo hizo una voz de ultratumba le habló.


— ¿Quién eres tú niña? —habló la voz.


—Soy Maakandé, y vengo a por la flor mágica —dijo la niña sin temblar aunque estaba muy asustada.


— ¡Já, Já, Já! —rió lentamente la voz— Si quieres la flor mágica deberás contestar a una pregunta ¿estás preparada?


Maakandé tragó saliva, y apenas con hilillo de voz contestó.


—Sssí.


La voz resonó tremenda cuando preguntó


—Dime niña ¿Cuántas estrellas hay en el cielo?


Maakandé se sumió en sus pensamientos, su cabeza viajó por sus recuerdos hasta ver en su imaginación un antiguo fuego de campamento, donde su abuela, una mujer tan vieja como la tierra, les contaba historias fantásticas. Una sonrisa se instaló en su cara, y sin atisbo de temor contestó con firmeza


—Tantas como granos de arena en el fondo del mar.


Así consiguió Maakandé la flor mágica, y de esa forma sanó a su padre.





sábado, 28 de agosto de 2010

El mono Antxón


El mono Antxón tiene los brazos peludos y por eso no le compran una camisa. A Antxón le gustan mucho las camisas a cuadros y sueña con tener una, de larga manga y puños blancos pero la gente le dice: los monos no lleváis camisas porque tenéis pelos en los brazos. EL mono Antxón llora y suspira por tener una camisa a cuadros y se pone triste cuando le dicen que no.

El mono Antxón ha robado una depiladora, una máquina para quitarse los pelos. Se lo ha visto hacer a Doria, la mujer del cuidador del zoo. El mono Antxón se la quitó cuando Doria estaba depilándose las piernas y fue a por una coca-cola, la cogió sin permiso y ahora la pasa una y otra vez por sus brazos. Pero el mono Antxón no sabe que hay que encenderla con un botoncito. Así que no se le quitan los pelos.

Un día, accidentalemnte, mientras estaba observando muy de cerca a la depiladora la encendió sin querer con la nariz y se afeitó la mitad de la cara. Muy contento, se puedo manos a la obra y se depiló los brazos. Después fue a que su cuidador le comprara una camisa de cuadros de manga larga. Pero el cuidador reconoció la depiladora y se enfadó mucho.

Ahora el mono Antxón es el mono más raro del zoo pues tiene la mitad de la cara afeitada y ni un solo pelo en los brazos.

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El otro me enseña de mi.  En realidad no veo al otro.  Me veo en el otro. 

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Algunas veces escribo para revelar lo que hay en mi mente. Y otras escribo al dictado de ella. No pido que lo creáis. Pero cuando leáis, si leéis, sospechadlo.

Mundo dormitorio

Y aquello? Oh! Es mundo dormitorio. Y qué hacen? Allí todo el mundo duerme. Qué maravilla, no? No creas. Tienen sueños horribles la mayoría del tiempo.

El silencio no es la ausencia de sonido sino la ausencia de ego.

"No es que el Universo sea más extraño de lo que imaginamos, es que es más extraño de lo que podemos imaginar" W. Heisenberg.

Quién soy?