Hacerse adulto no es sustituir al niño.
Tu inocencia es la que sufre. Ahí es donde aún eres un niño. Ahí reside tu parte vulnerable pero también tu alegría.
Creo que hacerse adulto no debería implicar enterrar al niño. Debería proteger al niño. El niño teme que su perro muera porque cree que en el perro reside su alegría al pasearlo y jugar con él, la compañía que siente cuando se recuesta a su lado, lo incondicional del amor.
Sin embargo, el adulto sabe que el perro morirá porque es mortal. El adulto comprende que todas esas cosas que parece sentir no proceden del perro. Le pertenecen a él. Y el perro solo es la inocencia que encuentra donde proyectar todo eso que procede de su propia inocencia.
Y cuando el perro muera, él seguirá conservando alegría y ganas de amar. Y buscará otra excusa para dejar salir aquello que lleva consigo.
El niño siente y te hace feliz. El adulto que crece en ti puede proteger al niño y, por tanto, proteger tu alegría.
No entierres al niño.
Digamos que niño y adulto deben transitar de la mano. Inseparables.
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